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“Tenemos que inventar un futuro que nos guste”

por Revista Cítrica
03 de mayo de 2026

Lucrecia Martel estrenó el documental "Nuestra Tierra", que dialoga a su vez con el libro "Un destino común", donde se mezclan charlas e intervenciones públicas en las que piensa el cine, la identidad y, sobre todo, el provenir. Aquí una entrevista imaginaria a partir de sus reflexiones.

Lucrecia Martel, directora salteña que forma parte del llamado Nuevo Cine Argentino, tardó 15 años en hacer Nuestra Tierra, película documental que gira en torno del asesinato del referente indígena Javier Chocobar en Tucumán. En esos años de estudio, búsqueda de materiales y filmación, Martel también elaboró algunas ideas sobre los pueblos originarios, el derecho a la tierra y, al cabo, la identidad nacional.

El complemento contemporáneo de su película (estrenada en cines y disponible en Netflix desde fines de mayo) es el libro Un destino común (Caja Negra, 2025), que reúne charlas, talleres y conversaciones públicas donde desarrolla algunas de esas ideas en relación y tensión con su arte, el cine. Lo que sigue es una entrevista imaginaria a Lucrecia Martel a partir de las definiciones que vuelca en el libro.

–Hay un concepto que venís repitiendo para pensar la época: el de los indios insomnes. ¿Podés explicarlo?

–Justo antes de ponerme a hacer Zama, hice una pequeña travesía en barco hasta Corrientes que fue mi gran aventura náutica. A ese viaje llevamos un montón de documentos y crónicas impresas para ir leyendo; materiales de distintos siglos sobre expediciones en América que tenían que ver con los ríos, y aparecieron varias cosas. Una de ellas fue esta idea sobre los indios insomnes. El tema es que recuerdo la idea pero no la fuente. El relato creo que lo hace el deán Funes, pero alguien me sugirió Chiesa de León. No puedo asegurar. Él decía que a cualquier hora que alguien camine por las ciudades mineras –las del norte de Chile, de Perú y de Bolivia– se encontrará con indios que deambulan sin saber adónde ir, mirando todo alrededor, sin poder conciliar el sueño, como desorientas. ¿Por qué estos indios insomnes caminaban por la noche en la ciudad? Porque las cosas se habían transformado demasiado. El mundo en el que creían, el que los organizaba, el que les permitía sobrevivir, había colapsado. Sus horas de vigilia, sus mejores horas, estaban ahora transformadas en trabajo para otros. Y las cosas en las que creían, las más sagradas, habían sido derribadas, destruidas, burladas. Pienso que es un poco lo que nos está pasando, y no solo en este país, sino en esta era, en este mundo. Humildemente pienso que estamos en esa situación.

–¿Cómo lo unís con el presente? 

–¿No tienen una sensación profunda de ya no pertenecer a este tiempo, de no entender lo que está pasando, de no saber cómo pasó lo que pasó? ¿No sienten una inadecuación muy profunda con el presente, que quizás hace cinco o diez años no sentían? ¿No piensan que no hay futuro, que nuestra especie no aparece tan clara en la foto del futuro? Bueno, todas esas cosas nos generan un nivel de angustia fuerte. Ya habíamos leído libros de ciencia ficción en los que nos hablaban de las luchas entre los humanos y las máquinas, de la desazón de los humanos porque sus sentimientos no les permitían comprender cómo eran manipulados, de los robots. ¿No les parece que ya estamos en ese futuro? No podemos ni siquiera reconocer si una imagen es real o ficticia... Ese futuro ya está acá. Estamos en el futuro que imaginaron los humanos del siglo XX. Frente a esta constatación, hay un sentimiento de resignación. No lo digo políticamente, ni como militante, ni como mujer... Hay una resignación porque como especie no nos vemos en la foto del futuro. Como especie es claro que vamos hacia el abismo. No tenemos un sentimiento de preservación. Toda esa fantasía de la aldea pitufo después de la pandemia no sucedió; pasó todo lo contrario. Las aldeas autosustentables, las huertas cercanas a las casas, todo eso no se sostuvo en el tiempo. Y la posibilidad de la peste global existe todavía como problema. 

–¿En qué lugares del presente podemos pararnos para pensar otro futuro? 

–¿De qué futuro hablamos? ¿Del que vendrá dentro de cinco años, diez años, cincuenta años, mil años? En general, cuando hablamos del futuro, es una idea que nos contiene, es decir que está dentro de nuestro período biológico. El futuro nos contiene en buenas condiciones, lo cual nunca está asegurado. Y menos si no consideramos que nuestro futuro también son esos jubilados a los que este miércoles van a reprimir en su manifestación. Es difícil asociarnos a ese futuro, pero seremos también eso. Para hacer propuestas de futuro, hay que tener un buen diagnóstico del presente. Y es complicado tener ese diagnóstico... No me he encontrado en los últimos tiempos con nadie que me diga que tiene total claridad sobre nuestro tiempo, que puede entenderlo. No tener conciencia del propio tiempo genera muchísimos males. Esto va para la gente del cine: narrar requiere de mucha conciencia del presente, de una capacidad de observación sobre el presente. Este estado de indios insomnes no nos está permitiendo hacer un buen diagnóstico.

–¿Qué salida encontrás vos frente a la complejidad del presente?

–Pienso que nos toca algo que da mucho trabajo y es muy cansador: nos toca inventar el futuro próximo. Tenemos que inventar el futuro, así como lo hicieron Julio Verne, Philip K. Dick y todas esas personas que nos abrieron los ojos. Tenemos que inventar un futuro que nos guste. Tratemos de inventar un futuro que no sea solo el apocalipsis de la proyección de la tecnología. Esto es urgente. Sepan que tienen que inventar el futuro ya. Si están haciendo música: inventen el futuro de la música. Si están haciendo educación: inventen la educación. Si están haciendo cine: inventen el cine. Hay que inventar de cero. O no tan de cero, por suerte. Pero hay que inventar. Yo decidí no resignarme a no estar en el futuro. Así que como sea, con el dispositivo de walking assistance que sea necesario, pienso estar en el futuro. Les sugiero que se piensen a sí mismos en el futuro. Para eso necesitamos trabajar mucho, sobre todo las personas privilegiadas como nosotros que hacemos dos estupideces y salimos en los diarios. Porque hay mucha gente que hace by-pass, u otras cosas realmente increíbles y no aparece nunca en el diario. Nosotros, las personas que trabajamos en el arte, tenemos la responsabilidad de inventar el futuro. No podemos ponernos a llorar por las cosas que nos faltan: a llorar al llorerío. Hay que in-ven-tar. Y hay que hacer el esfuerzo, tener la audacia y el estado físico para inventar. Por eso les digo que tengan cuidado con esto del insomnio porque de una manera u otra hay que descansar. 

–No queda otro camino para llegar al futuro que inventarlo.

–Es imprescindible inventar el futuro: no tenemos escape. O asumimos la responsabilidad, o después no nos quejemos. Les pido eso: no se quejen, porque le arruinan el día a otra persona. No le jodan la vida a la gente que ya está desesperada. No tiene sentido. Uno asume la responsabilidad del futuro y dice: “Sí, bueno, en lo que me toca voy a inventar el futuro”. Y por lo menos lo intenta. Yo estoy terminando una película –que todavía no tiene título, pero les recomiendo que la vean cuando se estrene (NdR: se refiere a Nuestra Tierra, estrenada en Argentina este año)– en la que con mis compañeros nos hemos propuesto eso: no quejarnos, salir adelante. Nos tenemos que tratar de ver en la foto del futuro, porque si no no vamos a estar ahí. Tenemos que inventar una ciencia ficción capaz de que dentro de cien años los humanos se vean a sí mismo y digan: “Qué bueno, se cumplió todo lo que decían: está todo verde, volvieron los dinosaurios, no comemos animales, no nos peleamos por la tierra”. No sé, por ahí logramos inventar eso. ¿No habrá que hablar con los aymaras, que pensaban que el futuro estaba atrás? Con todas las comunidades que fueron maltratadas, exotizadas... ¿No habrá por ahí una respuesta o algo que nos pueda servir? Lo que creo es que no va a ser fácil encontrar narrativamente una idea de tiempo que nos contenga. La idea de colapso es inminente. La noción de hacer una carrera ya no tiene sentido. ¿Qué vas a hacer con tu DVD? Los monos se lo van a lanzar como si fuera un frisbee. Quizás mis películas en el futuro sean grandes frisbees. Es muy difícil de saber. 

En busca de un destino común
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En Un destino común (Caja Negra, 2025) están reunidas una serie de intervenciones públicas de la directora argentina Lucrecia Martel. A lo largo de diez conferencias y clases, dictadas entre 2009 y 2025 en instituciones y festivales de Argentina, España y Uruguay, transcriptas aquí por primera vez, Martel piensa el cine con relación a la sociedad, la época, los modelos narrativos y los cambios tecnológicos. Sus charlas proponen un recorrido libre por algunas preguntas urgentes: ¿Cómo podemos involucrarnos sensiblemente con lo que sucede en nuestros territorios? ¿Cómo hacemos para recuperar el diálogo con quienes piensan diferente? ¿Qué estrategias narrativas son deseables frente a la estandarización de los algoritmos y las plataformas?

El libro, organizado en tres secciones, incluye también intercambios con el cineasta y escritor argentino César González, con la realizadora española Carla Simón y con la periodista Leila Guerriero, en los que aparecen contrapuntos en torno a la creación artística. De lo que se trata en todo momento es de conversar como forma de recomponer lo comunitario y construir un espacio posible para pensar con otros.

Un destino común no trata sobre sus películas, sino que parte de su práctica cinematográfica para proponer nuevas discusiones en el terreno cultural. En tiempos de discursos cerrados y gestos autoritarios previsibles, la voz de la directora de La ciénaga y Nuestra Tierra impacta por su franqueza y su gesto provocador, dispuesto a revisar los errores del pasado, afrontar la desazón del presente y alentar a las próximas generaciones a inventar lo que todavía no existe.