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Memoria, Verdad, Justicia y Belleza

por Pablo Bruetman
13 de marzo de 2026

El documental “Nuestra Tierra”, de Lucrecia Martel, es un registro audiovisual que pone en diálogo el despojo histórico hacia las comunidades originarias con los crímenes actuales que se cometen los supuestos “dueños de la tierra”.

Cuando, hace 15 años, Lucrecia Martel decidió filmar una película sobre el asesinato de Javier Chocobar no sabía si los asesinos serían condenados. Ni siquiera si habría un juicio. 

Cuando Lucrecia Martel decidió filmar Nuestra Tierra no sabía que más tarde sería el propio Estado, a través de la Prefectura, el asesino de un joven de una comunidad originaria (Rafael Nahuel). 

Cuando Lucrecia Martil decidió filmar Nuestra Tierra ni siquiera se podía imaginar que el Estado, a través de su ministra de Seguridad (Patricia Bullrich), culparía a las víctimas (como Rafita o como el bagayero Fernando Martín Gómez o como los pibes de la masacre de Monte) de sus propias muertes.

Cuando Lucrecia Martel decidió filmar Nuestra Tierra no sabía que el actual presidente Javier Milei derogaría la ley 26.160 para desalojar a las comunidades de sus propias tierras. 

Cuando Lucrecia Martel decidió filmar Nuestra Tierra no sabía que la discriminación y el racismo se iban a propagar más que nunca desde la Casa Rosada y desde los medios de comunicación.

Cuando Lucrecia Martel decidió filmar Nuestra Tierra no se imaginaba que iba a necesitar drones para filmar la belleza. (¡Ni siquiera existían!)

Lo que sí sabía Lucrecia Martel cuando decidió filmar Nuestra Tierra era cuál era su deseo. Hoy lo expresa así: “Ojalá esta película sirva para por lo menos tener un poco de paciencia antes de juzgar a unas personas reclamando su territorio y no decir ‘Ah, estos no son indios, se organizaron ayer para venir a usurpar estas tierras”. Nuestra Tierra (y toda la investigación realizada para la película) es la Memoria, la Verdad y la Justicia que el país le ha negado a los pueblos originarios.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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MEMORIA

 

La comunidad indígena Los Chuschagasta, pertenece al Pueblo-Nación Diaguita en el Departamento Trancas, Tucumán y su historia es muy parecida a la de cualquier otra comunidad originaria en Argentina.

A principios del siglo XIX un funcionario del Cabildo de San Miguel de Tucumán es enviado al Valle de Choromoro para deslindar y mensurar tierras. Y deja constancia de la ubicación y existencia del Pueblo de Indios Chuscha. Unos años después da por extinguido al pueblo para que las tierras sean rematadas. Pero los chuscha siguen existiendo: la iglesia registra sus casamientos y sus bautismos.

Más adelante en el siglo XIX los chuscha se enteran que la tierra no es de ellos sino de los “terratenientes”. Los terratenientes son los dueños de la tierra. Una obviedad para el lenguaje mas no para la realidad.

Entonces los terratenientes les dijeron a los chuscha que les tenían que pagar por usar la tierra de los dueños de la tierra. 

Entonces los chuscha pagaron para que sus animales pudieran pastar el pasto de los dueños de la tierra. 

Entonces los chuscha pagaron con jornales convirtiendose en empleados de los dueños de la tierra. 

Entonces los chuscha pagaron con cabezas de ganado y los dueños de la tierra hicieron un remito porque los dueños de la tierra son gente muy prolija. 

Entonces esos remitos se convirtieron en la prueba de que los terratenientes eran los dueños de la tierra. 

Entonces los chusgas habían pagado por usar las tierras, las tierras no podían ser suyas.


Los primeros dueños de la tierra fueron los Colombre pero en un momento del siglo XX se quedaron sin herederos. Entonces apareció la familia Amín y dijo ser la dueña de la tierra. 

En 1974 tras gestiones de las familias Chuschas, el gobierno de Tucumán, mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia, expropia las tierras para devolverlas a la comunidad en reconocimiento de su derecho sobre el territorio. Pero 52 años después aún no ha concretado esa devolución.

El 12 de octubre 2009 Darío Amín asesinó a balazos a Javier Chocobar, comunero de la comunidad Chuschagasta. Y lo filmó. Dicen que ese video fue el puntapie para que Lucrecia Martel filmara Nuestra Tierra. No fue el video sino su olvido. “Fue muy escalofriante para mí. ¿Cómo me había olvidado de la existencia de ese video? Ahí empecé a investigar”. Martel y su equipo investigaron 15 años para hacer memoria.

María Alche, co guionista de Nuestra Tierra reflexiona: “Es una película que trabaja mucho con la memoria. La primer parte del trabajo fue revisar la causa de tierras que afectaba a la comunidad y ahí empiezan a aparecer un montón de documentos que nos hicieron reflexionar sobre la memoria, sobre qué es lo que guarda un archivo y qué es lo que no guarda”. 

 

VERDAD

 

Nuestra Tierra cuenta la verdad: si algún gobernador desde 1974 hasta 2009 hubiese completado la entrega de las tierras a la comunidad, Javier Chocobar no hubiese sido asesinado.

En el año 2008 la familia Amín comienza la explotación de una cantera de piedra laja (por concesión otorgada por el Estado provincial). En 2009 Amín intenta entrar a la cantera de piedra laja. La comunidad hace guardias para resguardar el territorio. El 12 de octubre de 2009 Darío Amín va de nuevo al territorio acompañado por los ex policías Luis Humberto Gómez y Eduardo José Valdivieso en una camioneta. Los tres llevan armas. Gómez baja de la camioneta. Amín filma la escena desde atrás con una cámara digital. 

-Explíquenos quienes son ustedes -exige Gómez a los comuneros de la comunidad que se ponen delante de la camioneta.

Uno de los comuneros explica que son de una comunidad y que defienden sus derechos.

- Hablando nos vamos a entender- propone Gómez.

Pero entenderse con los dueños de la tierra es ceder, es aceptarlos como dueños de la tierra, es negar la memoria. No hay entendimiento posible. 

- No quiero problemas con ustedes. Pero si yo voy a denunciar lo que ustedes están haciendo vamos a tener problemas todos – amenaza Gómez con la certeza de que la Justicia estará de su lado.

Aquí Javier Chocobar aparece por primera vez en el plano. Es un punto a lo lejos que viene bajando del cerro.

–¿Qué es lo que estamos haciendo?-, pregunta el comunero Andrés Mamani caminando hacia delante, dónde está el ex policía.

–Maestro, quedate piola –dice Gómez y saca la pistola que lleva en la cintura.

Al costado Delfín Cata, otro comunero le toma una foto a Gómez con su arma. Para Gómez ya no hay diálogo: le dispara a Cata en los pies.

La cámara ya no mostrará personas. Solo piedras. Y una mano empuñando un arma. Sí se oirán sonidos. De disparos. Todos de los que llevaron las armas. Javier Chocobar muere producto de los disparos. Los comuneros Emilio y Andrés Mamaní son heridos de gravedad.

Los siguientes años Amín, Valdivieso, Gómez y sus abogados harán lo mismo que los genocidas: intentar tergiversar la verdad. Porque en esta historia, así como en la dictadura, sí hay una verdad. 

La verdad está en el mensaje de texto que mandó Darío Amín a un familiar horas antes del crimen: "Hoy es el operativo, no le digas nada a la mamá, me tiembla todo, pero confío en Luis, y van 4 policías más. No digas nada a nadie. Vos y yo lo sabemos". 

La verdad está en el video que grabó Darío Amín. Y que una de las comuneras recuperó de la cámara que el asesino arrojó (o perdió) aquel día. El video preservó la verdad. Y la película de Lucrecia Martel preserva la memoria y la verdad. Y también la Justicia y la Belleza...

 

JUSTICIA

 

Cuando Lucrecia Martel se enteró que habría un juicio oral y público por el asesinato de Javier Chocobar decidió filmarlo aún sin saber si lo incluiría en el documental: “Lo que sabíamos es que teníamos que filmarlo porque era un juicio histórico y era necesario para que cuando vengan otras generaciones puedan usar ese material. Es un documento importantísimo. Podemos haber cometido un montón de errores en la película pero generamos un archivo de un sector popular que a la cultura hegemónica no le interesaba. Ese aporte es enorme para la cultura”. Y para la Memoria, la Verdad y la Justicia.

El tribunal integrado por los jueces Wendy Kassar, Gustavo Romagnoli y Emilio Páez de la Torre condenó a Darío Amín a 22 años de prisión, a Gómez a 18 años, y a Valdivieso a 10 años. Dos años después los asesinos apelaron la sentencia y quedaron libres. Amín murió libre en 2021. Recién el 23 de octubre de 2025, la Corte Suprema de Justicia de la Nación confirmó la sentencia y los condenados volvieron a prisión.

¿Eso es Justicia? ¿Alcanza esa Justicia para tantas décadas de injusticia?¿Hay Justicia cuando para llegar a la Justicia hay que pasar por tanta revictimización?

Algunas cosas que muestra, durante el juicio la cámara (y la mirada) de Lucrecia Martel: 

  • Los trajes elegantes de los asesinos, los cafés que toman los asesinos, la limpieza de las sillas y las mesas donde se sientan los asesinos.
  • Los “chistes” que hace uno de los asesinos en la reconstrucción del crimen.
  • La impunidad de los testigos amigos de los asesinos.
  • Un compañero de los policías diciendo que son una fuerza de élite capaz de hacer tres cosas al mismo tiempo.
  • Un careo entre Valdivieso y Orlando Cata (sobrino de Chocobar) en donde el asesino dice que el disparo que mató a Chocobar pudo salir de un integrante de la comunidad.

 

Una cosa que quedó afuera del documental y Lucrecia Martel contó en una entrevista en Tucumán:

 

  • En el juicio estaba prohíbido mascar chicle. Valdivieso mascó chicle, incluso en el careo. Nadie le dijo nada. Cuando un integrante de la comunidad mascó chicle, el secretario le exigió que lo deje en un papelito para avergonzarlo.

¿Hubo entonces Justicia? Para Lucrecia aún no: “Justicia se va a hacer el día que el gobierno de Tucumán le entregue la tierra a la comunidad”.

 

BELLEZA

 

Cuando Lucrecia Martel asistió a la reconstrucción policial del crimen de Javier Chocobar no se imaginó que la policía le daría una idea estética para el documental. Ni mucho menos que allí encontraría la forma de filmar la belleza.

“Cuando vimos a los policías usando los drones en la reconstrucción del crimen pensamos que lo que se veía a través de los drones no servía para el conflicto. Porque el conflicto es de construcción de un enemigo, de desprecio, de racismo, de puja por la tierra. El conflicto no podía verse desde un dron. Pero, al ver a los policías tan contentos y orgullosos del uso de drones, nos dimos cuenta que el dron mostraba la belleza de lo que está en juego”.

¿Y qué es lo que está en juego? El racismo, la intolerancia. La memoria, la verdad, la justicia. Y también la belleza. El acceso de la pobreza a la belleza. “Hay una intolerancia a que un pobre sea beneficiario de la belleza. Y eso es lo que nos permitió contar el dron"

Hacia el final de la película un dron sigue el largo camino que hace una pareja de la comunidad hasta un lugar en medio de los cerros. Miran el alrededor y se deciden. Hay mucha belleza. Es el lugar en donde construirán su casa. “Nosotros elegiríamos el lugar donde sea más fácil que llegue el agua, el lugar que sea más fácil que llegue la luz. Ellos eligen el lugar donde es más bello lo que se ve”.

Las comunidades originarias cuidan la belleza, cuidan la tierra, la respetan. Y la defienden del extractivismo. Como la defendió Javier Chocobar. Como la defienden los chuchas. ¡Memoria, Verdad, Justicia y Belleza!