Se fue El Indio. Se fue el líder del pogo liberador, de la misa pagana y de la palabra justa para los marginales y para las pibas violentadas en los barrios. A las caídas y los caídos de todo sistema, les habló al oído Patricio Rey. Y eso no se olvida. ¿Para vos qué fue? Acá te cuento el efecto amplificador de su música en una adolescente de los '90.
“Murió El Indio”. Me avisó Pablo en un mensaje de Whatsapp. "Wow", le contesté. Fue lo único que pude escribir. Prendí la radio en el auto para encontrar consuelo y darle a mi día algo de continuidad. Al final me lo pasé escuchando los temas de Los Redondos y de Los Fundamentalistas, repasando anécdotas, leyendo y viendo cosas del Indio. Nada alcanza. Nadie puede comernos este dolor que nos deja su partida. Con El Indio muere un poco lo que fuimos, muere un poco lo que fui.
La primera vez que escuché algo de él fue el nombre de la banda en Feliz Domingo, un programa de los '80, cuando la TV era un integrante más de la familia. “Florencia, de Caballito, fan de Los Redonditos de Ricota”, dijeron sobre una participante. Me dio gracia. Yo tenía 6 años y todavía faltaba bastante para entender de qué hablaban.
Cuando nos dejaban, con David, mi hermano, poníamos la radio en el auto y escuchábamos esa música que en casa no se escuchaba. En uno de esos viajes cortos por las calles de tierra del conurbano sonaron en FM HIT dos al hilo: Susanita y Perro Dinamita, y a mí la cabeza me explotó de novedad. Los '90 eran así.
“Esa nena que tu padre trajo… así es este amor, no televisión…”.
¿De qué mierda estaban hablando? Ni idea, qué importa. Desde ahí en adelante supongo, interpreto, busco respuestas viejas a problemas nuevos en esas letras. No sea cosa que me pase el tiempo a lo bobo.
Foto: Rodrigo Ruiz
¿De qué mierda le hablaban a una nena de 10 años? ¿Ciertamente me hablaban a mí? Ni idea, pero esas letras, esa voz, esa música me abrieron las puertas a un mundo que no entendía, y no entiendo todavía.
Todo fue así de casual y entró por la ventana. Hasta que la piratería de David logró juntar todos los discos en la compu y nos cansamos de escucharlos en mp3. Los '90 se iban, todo se ponía más áspero y a mí Los Redondos me hablaban de amos y esclavos.
Ayer veía que los noticieros berretas se pusieron a tono con el Trending Topic y salieron a preguntar: ¿Qué fue El Indio para vos? Boluda la pregunta, pero que potentes respuestas encontraban. Los Redondos y El Indio fueron la puerta a otro mundo posible para los caídos del catre. Pero por sobre todo El Indio fue pogo liberador, misa pagana y palabra justa para los marginales y para las pibas violentadas en los barrios. A las caídas y los caídos de todo sistema, a los de debajo de la lona, a los nadies, les habló al oído Patricio Rey.
Foto: Rodrigo Ruiz
Y pensaba: “Y para mí, ¿qué fue?” A Los Redondos no los vi nunca en vivo. No me dejaban, no me animaba, nadie me llevó, no sé. No los vi en vivo, pero esa banda fue testigo de mi vivo. Los Redondos son adolescencia, resistencia, descubrimiento, primeras veces. Es mi pecho explotado por “Perro dinamita” sonando en la radio, es el descubrimiento con mi hermano, son mis amigas más grandes contándome de sus recitales. Gente que forma parte de mi vida.
El Indio es “el lujo es vulgaridad” que los pibes de la esquina grafittearon para siempre en un muro de mi barrio; es el primer porro, la primera plaza un 24 de marzo y es esa idea porfiada de dedicar mis días a la autogestión; a hacerla por las mías, con los míos, para siempre.
El Indio también es mi primer novio sacando medio cuerpo por la ventana de un Renault 12 con amigos, al grito de “Caída libre para dos”, y otro rompiéndome el corazón con frases grandilocuentes de Los Redondos. El Indio es mi mejor amigo de la secundaria dibujando sistemáticamente cada imagen de Rocambole en las clases que le aburrían. Los maravillosos 2000.
Con ninguno de estos varones me hablo ya. Ni veo, ni sé nada de ellos, y sin embargo ayer quise llamar a todos y abrazarlos… porque El Indio es un poco eso que fue, y fue hermoso, pero ya fue.
El Indio también es presente. Hace poco, por arte de magia (pagana), le mencioné Los Redondos a Lucía, mi hija de 5 años, y sonrió: “Redonditos de Ricota. ¿De ricota?”, dijo, y me conquistó. Sonaba en la radio “Un ángel para tu soledad”. No es de mis temas favoritos, pero lo canté a los gritos pelados, para verle los ojitos achinados y pícaros por el espejo retrovisor. Lo canté como invitándola a un ritual, para contarle un poco de ellos, y de mí, para compartir algo que fue, es y también será, para invitarle una copa, de lo mejor.
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Empiezo por mi principio. Una semblanza ricotera, perdida en alguna parte y encontrada donde la arrojaron las tempestades.
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Postales desordenadas que unen la despedida del Indio con la de Gardel, hace casi un siglo. Desde un cuadrito en un bodegón de Pompeya hasta las noches de Paladium en los ochenta. Y un sonido hipnótico que permanece: las canciones de Los Redondos en los autos, por las calles, que conformaron -y conforman- el velorio más grande del mundo.
