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Vienen los fachos

por Javier Andrada
Fotos: Flor Guzzetti
03 de mayo de 2022

A cincuenta años del asesinato de Silvia Filler por parte de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), una película refleja la vida estudiantil de la época y el hecho que marcó el inicio de la violencia política en Mar del Plata.

Los testigos cuentan que alguien gritó “¡ahí vienen los fachos!” mientras la patota avanzaba repartiendo palos y cadenazos. Desde adentro del aula volaron sillas. Estallaron los vidrios. Se cortó la luz. Sonaron las primeras detonaciones y después todo fue desbande. Era el 6 de diciembre de 1971.

Ahora, el olor a madera nueva de las gradas se siente desde las escaleras que conducen a aquel lugar: el Aula Magna Silvia Filler, un espacio de cuarenta metros cuadrados en el cuarto piso del edificio del Rectorado de la Universidad Nacional de Mar del Plata, en Diagonal Alberdi y San Luis, donde antes funcionaba la Facultad de Arquitectura.

La sala va tomando la forma que alguna vez tuvo: pizarras que dejan de ser verdes para transformarse en negras; pupitres setentistas sobre los amplios escalones de madera cepillada. Ahí estaba sentada Silvia, señala extendiendo el brazo Federico Polleri, a cargo de la investigación y el guion de la película “La memoria que habitamos”. La joven tenía 18 años –la misma edad que sus asesinos– y era la primera vez que participaba de una asamblea. 

El film, con estreno previsto para septiembre de 2022, cuenta con la participación de estudiantes secundarios del Colegio Nacional Illia. “Trabajamos en la reconstrucción del aula, tal cual estaba en 1971, y la idea es que los chicos interpreten escenas de lo que sucedió”, dice Diego Ercolano, el director. 

Muchos jóvenes no sabían lo que había pasado. Por eso escuchan lo que les va contando Lila, la hermana de Silvia, que es una de las protagonistas. Lila Filler es un puente entre dos momentos históricos a los que separa medio siglo. Siente que estas actividades vuelven a poner en presente la tragedia, a entrelazar el pasado con el presente.

Cuando ocurrió el crimen se decía que Silvia debía ser la última víctima de la violencia –afirma– pero los que atravesamos estos 50 años podemos decir que fue la primera de una larga lista de atrocidades posteriores. Tenemos que consolidar la posibilidad de debatir en marcos de diálogo, de diversidad, pensando desde una lógica democrática. Este hecho nos mostró cómo los violentos se apropian de nuestros derechos. Lo que debemos pensar es cómo vencer desde las convicciones”. 

A Lila le gustaba el entusiasmo de su hermana; dice que era una persona convencida de su vocación profesional. Comprometida con lo que pasaba adentro de la facultad, con las luchas estudiantiles y el debate de contenidos.

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Para Carlos Cervera, compañero de primer año de Arquitectura de Silvia Filler, 1971 había sido un año muy movido. Por el contexto de la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse y el devenir democrático que se vislumbraba: “Todo eso agitaba las aguas en una universidad elitista que nosotros cuestionábamos, y particularmente a algunos docentes. Por eso nos movilizábamos, también por la necesidad de estudiar de noche que tenían algunos estudiantes. Eso generó que hubiera huelgas en las aulas”.

Carlos, militante de toda la vida, ejercita su memoria con detalle. Dice que los estudiantes que estaban vinculados a la Concentración Nacional Universitaria (CNU) no se plegaban a las huelgas pero concurrían igual. “Entonces dos compañeros tiraron una bombita de olor en un aula. Esos dos estudiantes fueron interceptados en la calle y los llevaron al Rectorado, donde finalmente los expulsaron”. 

La reacción no se hizo esperar, hubo una nueva convocatoria para tratar el tema de las expulsiones por considerarlas injustas. Es la asamblea que se realiza el 6 de diciembre de 1971 con el edificio colmado. “Había gente en el hall de entrada y hasta en las escaleras –rememora Cervera–. Un grupo de estudiantes de Arquitectura fue a provocar, y esos jóvenes son los que finalmente buscan a la patota de la CNU que se encontraba en una casa cercana a la facultad, a sólo 50 metros. Aparecen con palos y cadenas, que era lo normal, pero también con armas de fuego. Empiezan a disparar, hieren a dos estudiantes y matan a Silvia Filler de un tiro en la frente”. 

Para escapar de la balacera, muchos estudiantes se tiraron desde el primer piso a la calle, y otros a un patio interno. Afuera, la Policía reprimió con gases lacrimógenos a las víctimas del ataque. Es el inicio de la violencia política en Mar del Plata.

El día que le dieron sepultura a Silvia hubo una multitud en las calles. Y continuó la represión.

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La CNU fue una organización parapolicial previa a la Triple A. Sus miembros se fusionaron con el aparato fundado en las sombras por José López Rega a mediados de la década del 70, y pasaron a formar parte del Batallón de Inteligencia 601 del Ejército después del 24 de marzo de 1976. 

Se movían en la universidad con un claro objetivo: eliminar a los militantes del peronismo revolucionario y de la izquierda en general. Su ideólogo fue Carlos Disandro: católico ortodoxo, filólogo y teólogo que tuvo trato asiduo con Juan Domingo Perón y además lo asesoró. 

Silvia tenía 18 años –la misma edad que sus asesinos– y era la primera vez que participaba de una asamblea.

Publicó varios libros y supo desempeñarse en la Universidad Nacional de La Plata como profesor de Letras. La presentación en sociedad de la CNU se hizo en agosto de 1971 en el Teatro Alberdi de Mar del Plata, una sala que era parte del edificio de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Varios de los integrantes de la banda de la CNU eran custodios del dirigente sindical y mandamás de la UOM, Lorenzo Miguel.

En ese lugar, a metros de la playa Bristol, Disandro compartió escenario con José Ignacio Rucci, secretario general de la CGT. 

La mayor parte de las víctimas del grupo criminal fueron de Mar del Plata y La Plata, aunque los matones también llegaron a otras provincias. En San Juan, en el año 1975, asesinaron al diputado justicialista Ramón Pablo Rojas. El instigador fue Delfor Ocampo, secretario general de FOEVA (Federación de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines), sindicato que tenía vínculos con la CNU. 

Rojas impulsaba una ley para envasar el vino en origen, pero FOEVA se oponía. Los victimarios llevaban entre sus pertenencias tarjetas personales del fiscal Gustavo Demarchi, uno de los líderes de la CNU en Mar del Plata (candidato a intendente por el Justicialismo en 1983) y condenado a prisión perpetua por delitos de Lesa Humanidad en 2016. 

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De Eduardo Salvador Ullúa se dicen muchas cosas. Que es un tipo formado y un encantador de serpientes al mismo tiempo. Estuvo nueve años prófugo de la Justicia por crímenes de Lesa Humanidad. Aunque no se privó de participar de otros delitos: tráfico de drogas, por ejemplo. Fue preso por la Operación Langostino, la primera gran causa de narcotráfico de Mar del Plata. En 1988 quedó al descubierto la banda que integraba Ullúa: la Policía secuestró 587 kilos de cocaína camufladas en cajas de langostinos en el puerto local. El destino del cargamento era Estados Unidos.  

En la cárcel estudió Derecho y se recibió. Sobre su responsabilidad, asegura que lo único que hizo fue falsificar documentos para comprar y vender un campo, como parte del lavado de activos. Condenado a 17 años de prisión, obtuvo la libertad condicional cuando cumplió 11 años de encierro, viajó a Europa y realizó una maestría en Sociología. 

Para escapar de la balacera, muchos estudiantes se tiraron desde el primer piso a la calle, y otros a un patio interno. Afuera, la Policía reprimió con gases lacrimógenos a las víctimas del ataque. 

El día del asesinato de Silvia Filler, Eduardo Salvador Ullúa entró a romper la asamblea estudiantil junto a quienes la Justicia consideró como los autores materiales: Juan Carlos “Bigote” Gómez, de quien era amigo, y Héctor Corres. Se estima que la patota de la CNU la integraban 16 personas.

Gómez era cercano al Sindicato de Trabajadores Gastronómicos y a la CGT. En una foto se lo ve junto a José Ignacio Rucci. 

Ullúa escribió un libro con otro integrante de la banda parapolicial, Mario Durquet, donde se defienden de las acusaciones.

Campo de Mayo es la prisión VIP que el macrismo adaptó para los represores condenados. Los ejecutores del Terrorismo de Estado se mueven casi como si estuvieran en sus casas y comparten espacio con los nuevos cadetes del Ejército.

“Él niega todo. Ese día estuvo en el lugar, pero dice que cuando escuchó los tiros se fue. Aseguraba que hubo tiros desde adentro de la asamblea, pero quedó probado que no fue así. En el cinco por uno (las ejecuciones de la CNU en venganza por el crimen de su líder, Ernesto Piantoni) Ullúa aduce que estaba de luna de miel; del asesinato de Coca Maggi también niega haber participado”, cuenta Federico Polleri después de haberlo entrevistado en Campo de Mayo, una de las guarniciones militares más grandes del país. 

En ese predio de cinco mil hectáreas, en el partido de San Miguel, funcionó durante la dictadura un Centro Clandestino de Detención y una maternidad en la que nacieron 200 bebés en cautiverio. El equipamiento de Neonatología lo donó la empresa Mercedes Benz. 

Ullúa cumple una condena a prisión perpetua por ser partícipe de crímenes de Lesa Humanidad. 

Campo de Mayo es la prisión VIP que el macrismo adaptó para los represores condenados. En el actual Gobierno, se mantiene en las mismas condiciones de flexibilidad. Los ejecutores del Terrorismo de Estado se mueven casi como si estuvieran en sus casas y comparten espacio con los nuevos cadetes del Ejército. 

–Ullúa fue condenado a prisión perpetua recién en 2020 por ser partícipe de otros crímenes. ¿Por qué no lo juzgaron en su momento?

–No fue juzgado, al igual que otros responsables, porque se benefició con la amnistia de 1973, y después porque el crimen de Silvia, previo a la dictadura, no es parte del plan sistemático y por eso no se considera de Lesa Humanidad.

–¿Cómo son las condiciones de detención que tienen en Campo de Mayo?

–Se lo ve bastante cómodo. Ahí está Etchecolatz, por ejemplo. Lo primero que me dijo Ullúa cuando llegué fue que las condiciones no eran aptas para gente de edad avanzada. Que no podía ser que una persona mayor como Etchecolatz estuviera ahí y no le dieran la prisión domiciliaria. Un día llamé, pedí hablar con el interno Ullúa y después él vino y me dijo “¿qué es eso de interno?, llamame por mi nombre porque los que atendemos acá somos nosotros”.

–Sin embargo, piden la prisión domiciliaria y algunos beneficios…

–Sí, ellos claman por una reconciliación, por dejar todo esto atrás, por hablar, pero cuando le preguntás por qué no lo hacen, si tienen información valiosa, te dice que es porque no obtienen ningún beneficio. 

–¿Con que sensaciones volviste de Campo Mayo y qué te genera la reconstrucción de estos hechos?

–La vuelta de la entrevista fue intensa. Fue muy perturbador, porque son personas como nosotros, preferiría que se vean monstruosos, que es como uno se los representa antes de verlos. Después cuando te lo encontrás y es una persona común y corriente... eso te hace reflexionar sobre la condición humana, en lo que puede convertir la ideología de derecha a una persona. Y en cómo se resuelven los problemas políticos y sociales en cada momento histórico. 

–¿Hacer la película es una forma de recuperar la memoria? 

–Todo el proceso es un ejercicio de preguntas existenciales, respecto de las posibilidades o no de recuperar la memoria, de lo intransferible que es el acontecimiento histórico para quienes lo vivieron. Esto que está pasando en este aula, esta reconstrucción, este viaje en el tiempo, es un intento necio de ir hacia atrás cuando en realidad uno sabe que lo que pasó acá lo saben los que estaban ese día. Nosotros podemos intentar acercarnos lo más posible para preservar la memoria, para compartirlo. El intento es ése, y el intento vale.

“Trabajamos en la reconstrucción del aula, tal cual estaba en 1971, y la idea es que los chicos interpreten escenas de lo que sucedió”, dice Diego Ercolano, el director de "La memoria que habitamos".

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En un rincón del aula, Juan Ignacio Echeverría y Rosana Cassataro trabajan en la escenografía y el arte visual. Están entusiasmados con el proyecto, dicen que le dan sentido a su tarea. Ambos integran el Colectivo Faro de la Memoria y coinciden en la importancia de la concientización para que estos hechos no vuelvan a pasar. 

El grupo que trabaja en “La memoria que habitamos” intenta recrear de la forma más certera posible la vida estudiantil de hace 50 años, cuando los y las protagonistas se organizaban y exigían a los profesores y a la facultad la forma en que querían aprender. Aunque eso pudiera costarles la vida.