De jardines y de piletas
por Red de Docentes del Bajo FloresFotos: Rodrigo Ruiz
12 de febrero de 2026
En los barrios populares, el sueño de la casa propia se volvió cansancio y supervivencia. Mientras jardines comunitarios y piletas en las veredas sostienen la infancia donde el Estado falta, operativos policiales avanzan contra esos espacios y dejan a cientos de familias sin contención.
“Como en la infancia, fuimos felices por error” (Laura Wittner). Del sueño de la casa propia queda solo la primera parte: el sueño. Pero no como el mundo onírico donde lxs trabajadorxs nos representamos la posibilidad de comprar un inmueble; queda el sueño como cansancio, desgaste físico y moral, fatiga de trabajar mucho y de llegar (a fin de mes) poco.
Si al cuerpo de trabajadorxs asalariadxs no nos alcanza siquiera para soñar con alcanzar un mundo propio, mucho menos a aquellxs que no tienen un montoncito de dinero asegurado a principio del mes con qué empezar a saldar deudas: alquileres, servicios, comida y vestido. Sin plata para salidas, sin plata para vacaciones, sin plata para disfrutar porque las clases acomodadas nos dijeron que es pecado, afano o ilusión: “creían que podían comprar televisores y celulares”. Lo único que queda en el plano de la imaginación es pensar qué comer con los tres huevos y la lata de arvejas que quedaron sobrenadando en la heladera y, además, pensar cómo pasaremos junto a nuestrxs hijxs el verano sin que las altas temperaturas fagociten nuestra escasa felicidad.
Esto el campo popular lo sabe bien: nuestra delimitación del territorio es completamente otra a la del resto de la ciudad. Quienes nacimos en barrios humildes sabemos que la vereda es comedor, sala de estar, salón de usos festivos, feria y colonia de vacaciones. Alcanza con que el peatón se pose a orillas de un barrio con calle de tierra para avizorar esa escalada variopinta de azules y celestes que arman las pelopinchos al costado de las casas. La envidia del tonto que alquiló un departamento de dos ambientes en Palermo sin salida al exterior, solo para alzar el hocico más alto que sus congéneres al ver nuestro festín estival, es absoluta.
Muy a pesar de que los sucesivos gobiernos quieren convertir nuestros barrios en un depósito de balas y basura, trabajadorxs y vecinxs organizamos una urbanidad distinta, construyendo comunitariamente el hábitat y un tendido de servicios ahí donde la infraestructura estatal falla o se ausenta. La colocación de piletas en las veredas es una política social que nos supimos dar ante la ausencia de espacios de ocio.
De jardines --como aquellos espacios verdes dotados de arbustos florecidos y debidamente acicalados por un buen “hombre manos de tijera”-- no podemos mostrar mucho. Es conocida la escasez de lo verde en nuestros territorios. De jardines comunitarios --como espacios educativos y de cuidado integral a las primeras infancias gestionados por las comunidades barriales-- sí podemos decir y mostrar bastante.
Los jardines comunitarios son espacios de educación, promoción de derechos y acompañamiento integral a las infancias. Surgen como respuesta a la falta de políticas públicas en torno al acceso a este primer nivel educativo; sobre todo en los barrios populares, donde no solo faltan vacantes, sino que hace años no se construyen escuelas para garantizar a la población el acceso a la educación inicial y primaria. En este sentido, estos espacios han logrado alcanzar a una gran cantidad de madres e infancias con el objetivo de responder a una demanda de hace mucho tiempo. Si de florecer se trata, estos jardines son lugares de construcción colectiva donde la militancia y la organización “crece desde el pie”.
La semana pasada, la organización territorial y comunitaria de jardines y de piletas fue violentada por las fuerzas represivas que responden al Estado. Varios jardines comunitarios de los barrios populares fueron allanados y amenazados de cierre por el gobierno sin ninguna causa ni papel judicial. Esto dejaría sin respuesta a cientos de familias que necesitan de esos espacios para acompañar el crecimiento de sus infancias. Pero además deja sin trabajo a un montón de maestrxs y promotorxs de la educación que, desde el origen, sostienen a pulmón las trayectorias educativas de cientos de niñxs.
Al mismo tiempo que en algunos barrios amenazan con cerrar jardines, en otros, grupos de policías arremeten contra las Pelopinchos de las veredas, destruyéndolas y derramando el agua y las ilusiones de las infancias que disfrutaban del verano. La fotografía de la yuta con sus palos rompiendo las piletas al grito de “está prohibido armar piletas en la vereda” es de lo más repugnante que la circulación de videos de las redes nos puede ofrecer. Atreverse a disfrutar desde niño aquello que es hipotecado por los gobiernos y los sectores cómplices de una sociedad tan berreta como inhóspita es hermosamente subversivo.
“Están en contra de las infancias, nos quieren matar de chiquitxs”, diría una vieja frase facha, y lo único que se les ocurre para lxs pibxs es bajar la edad punible para amontonarlxs en cárceles. Esta vida vaciada de jardines y piletas para nuestros barrios es lo más antiniñez del mundo. Esta vida sin sueños para lxs que más trabajan para cumplirlos es insólita. Repito: están en contra de las infancias. Más claro, échenle agua; pero, por favor, que no sea la que usábamos para llenar nuestras piletas ni regar nuestros jardines.
*Red de Docentes, Familias y Organizaciones del Bajo Flores. Febrero 2026.
De jardines y de piletas
La Red del Bajo Flores nos comparte una columna sobre las infancias y su acceso a espacios de recreación y educación. En medio de un nuevo debate por la baja de la edad de punibilidad, ¿qué sucede con lxs niñxs de barrios populares como la 1-11-14?
La culpa no es del wifi
La pandemia visibilizó la falta de conectividad en los barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires. Estudiantes sin clases virtuales ni cuadernillos; y docentes, madres y padres sin respuestas del Estado.
Pica, villa y faso
Desde adentro y desde afuera, analizamos el consumo de marihuana en los barrios populares, la estigmatización y la violencia estatal. ¿El uso recreativo es un privilegio de clase?
