Compartir

La revolución en la huerta

por Lautaro Romero
Fotos: Juan Pablo Barrientos
07 de junio de 2019

Carlos Briganti lleva ocho años produciendo alimento libre de veneno en la terraza de su casa en Ciudad de Buenos Aires donde funciona una huerta que reutiliza todo aquello que la gente llama basura. Allí se habla de despertar la conciencia, la soberanía alimentaria y el comercio justo.

La vida de Carlos Briganti, el Reciclador, es de esas historias mínimas, dignas de un guión de cortometraje latinoamericano, o de un cuento rioplatense.

Un hombre de campo que se cría en Uruguay, trabaja la tierra y produce su propio alimento; y con ello adquiere saberes ancestrales y recuerdos olfativos. Un “ciudadano universal”, que se ve asfixiado por la falta de políticas públicas y el hostigamiento de un gobierno de facto, y a principios de los ochenta, como tantos otros y otras, se ve obligado a cruzar el Río de la Plata, y exiliarse en Buenos Aires, en busca de un futuro mejor.

Tras un impasse de 25 años lejos de la tierra, el chacarero se las ingenia para no alienarse en medio del caos urbano, ansía volver a sus raíces, “reinventarse” y alcanzar nuevos horizontes; para conectarse con esos saberes y compartirlos con la vocación de un maestro, sin guardarse nada. Y construye una huerta urbana de 60 metros cuadrados en la terraza del PH donde vive, en Chacarita.

Usa material reciclado que junta de la calle, y siembra: en una labor maratónica, el Reciclador carga en sus hombros bolsas con kilos y kilos de tierra negra, y las sube por esas escaleras zigzagueantes y laberínticas que dan a su terraza. Al igual que los baldes de pintura y las cubiertas de auto que hacen de maceteros, y los contenedores azules de 200 litros que usa para compostar y obtener humus de lombriz, de vital importancia si se quiere un suelo “bueno, nutrido y repleto de bacterias y microorganismos eficientes”.

Una huerta agroecológica y autosustentable, donde a los caracoles se los quita con las manos, y no con agrotóxicos y veneno. Un espacio “inclusivo”, donde “la plata no vale”  y  el capitalismo no funciona como tal, y las personas aprenden y son valoradas. Una huerta que “te mete el dedo en la llaga”; que “disputa los espacios de poder”, y “parece inocente pero no lo es”.


                                                      * * * * * * * *

Es un día nublado, fresco. Carlos, quien temprano pasó varias cebollas a tierra,  nos afirma que hoy está ideal para trasplantar: “Al no haber sol, las plantas no se estresan y arrancan con ventaja”. Briganti, estudioso de los métodos aplicados por el agricultor y pensador japonés Masanobu Fukuoka, sostiene con entusiasmo que “en la diversidad está el éxito”. “Acá se conjuga lo ornamental con lo comestible. En ese desorden, que es la sociedad, es el mundo”, reflexiona.

Le demuestro a los vecinos que se puede producir alimento en un techo, en un balcón.

Por eso Carlos trabaja a “cama caliente” –produce todo el año-; y no duda en asociar y mezclar todo aquello que siembra en su huerta: acelga y albahaca, quinotos y lechugas, oréganos y zanahorias, remolachas y verdolagas, estevia y zapallo, ajíes y rabanitos. Tomates y berenjenas. Tabaco y moringa. Apio verde, de reciente cosecha, para una sabrosa sopa de verduras que, al acercarse el momento del almuerzo, envuelve el aire y nos cautiva con su aroma.

Entre sus hazañas, Carlos cuenta con gracia de cuando reprodujo un limonero de a codos, en un tacho de 20 litros. O de cómo logró cultivar un banano de hasta 4 metros de altura, apilando varios neumáticos. “Le demuestro a los vecinos que se puede producir alimento en un techo, en un balcón. Y que ese alimento es sano, seguro y soberano. Duermo abajo y pienso en la huerta. Vivo para la huerta, es como un laboratorio donde ensayo y experimento”, afirma. 

Sino lo encuentran en la huerta, donde se organizan jornadas de voluntariado, es porque Carlos está dando alguna charla o taller para contar lo que hace y cómo lo hace –editó un libro: “Una huerta en mi terraza”-. “Si trabajás acá, no necesitas psicólogo. Descubrís un mundo nuevo. Hay mucha gente huerteando. Hay que replicarlo, insistir sobre una idea. Vienen, participan y quieren cambiar sus hábitos”, cuenta. “Acá se gesta la revolución: la revolución de cada uno. Todo el tiempo pensamos en comer. Si te sentís un revolucionario, tenés que compostar, y después, hacer una huerta. Ahí está el cambio”.  

Carlos milita por un comercio justo, sin intermediarios, lejos del oligopolio de los hipermercados y las empresas que se llenan los bolsillos. Un comercio directo del pequeño productor al consumidor. Pero exige ir más allá, con proyectos concretos y viables. “Los alimentos se podrían dar gratis, a través de una canasta básica que cubra las necesidades de los habitantes. En todas las plazas públicas debería haber una huerta, una planta de palta, un naranjo o un limonero, para que la gente vea de donde salen los alimentos”, plantea. 

Si te sentís un revolucionario, tenés que compostar, y después, hacer una huerta.

Apuesta también por el intercambio masivo de semillas, para poner en jaque a este sistema “confiscatorio”, y así alzar la bandera de la soberanía alimentaria. “Deberíamos traficar semillas de país a país. Por la frontera podés pasar un ultra procesado, y no una semilla de guaraná o papaya. ¿Acaso en la deriva de los ríos no hay semillas?”, cuestiona Briganti. 

Prácticamente el 50 por ciento de los residuos orgánicos que descartamos en el cesto de basura, son compostables. Carlos reutiliza lo que le provee la huerta, lo junta con la borra del café, la yerba del mate, la resaca que levanta en las orillas de los  ríos, y lo que le separan los vecinos. Con todo eso, hace abono para el suelo

“Hay que educar a la gente, debemos tener un pensamiento circular, entender que este sistema predatorio de producción lineal no sirve. Tampoco el tratamiento de residuos urbanos, ni las incineradoras que pretender instalar –como en Villa Riachuelo-. Es un negocio de millones. Ponemos contenedores pulcros y asépticos para no mostrar que nos estamos muriendo de hambre”, dice.

A los 55 años, el Reciclador se mantiene activo en la huerta y en las redes sociales. Investiga, curiosea y pregunta. Enseña. Deja la semilla al pasar. Pedaleando, de a pie, o gracias a la colaboración de lxs compañerxs que se solidarizan, cuando las distancias son grandes. Ya sea en capital –en la Facultad de Agronomía y en el Museo del Hambre-, o en cualquier punto del conurbano bonaerense. Dando clases de reparaciones en plomería a mujeres –además de docente, Carlos es plomero de oficio-, en el Centro de Formación Profesional Nº16, frente a la villa 1-11-14, en el Bajo Flores. “No falto nunca y me gusta. Estoy muy orgulloso. Tendríamos que dedicarnos a lo que nos gusta, que generalmente no nos da mucha plata”.

Carlos Briganti vive sin muchas complicaciones. Por las mañanas toma mate, escucha el cantar de los pájaros y contempla los bichitos polinizadores que se acercan a ese microclima que se forma en la terraza, “foco de resistencia”. Decide qué hacer, y en qué invertir su tiempo. En la huerta, la docencia y la lectura: comprar libros, incorporar conocimiento, es su “único lujo”.

Más allá de las problemáticas que lo rodean y nos involucran a todxs como sociedad, del sistema que “se te mete por la ventana y te ofrece cosas que son fantasiosas”; Carlos es feliz.  “Soy un privilegiado. La gente me dice que estoy loco, que por qué no me pongo una verdulería, o me vuelvo al campo: el desafío está planteado acá, en esta terraza”, sentencia.