En la Patagonia, la historia de Héctor Inalef y su familia expone otras formas de violencia durante la dictadura: detenciones sin registro, desalojos y vivencias que quedaron fuera del relato oficial.
Un camión del Ejército llegó al campo. Héctor Inalef tenÃa 18 años. Era el mayor de varios hermanos y trabajaba junto a su padre acarreando leña y cuidando a los animales. Se lo llevaron acusado de “desertor” por no haberse presentado al servicio militar obligatorio. Era 1976. Su familia lo reencontró con vida casi cuatro décadas después.
A cincuenta años del inicio de la última dictadura cÃvico-militar-eclesiástica en Argentina, la memoria colectiva sigue ampliándose. Sin embargo, hay historias que todavÃa permanecen en penumbra.
Sobre el terrorismo de Estado desplegado en los 70 existen miles de investigaciones, archivos, testimonios judiciales y reconstrucciones históricas. Un llamativo vacÃo aparece, en cambio, cuando se observa el lugar que ocupan los pueblos indÃgenas en ese mapa de memorias.
¿Qué ocurrió con los integrantes de comunidades originarias durante esos años? ¿Qué pasó en los territorios rurales, lejos de las grandes ciudades donde se concentraron la mayorÃa de los registros del terrorismo de Estado?
“Existe una idea folclórica que fue sostenida por cierta antropologÃa tradicional de que el indÃgena no tiene preocupaciones polÃticas, que la polÃtica es una cosa de personas modernas, civilizadas, urbanas”, reflexiona la antropóloga Diana Lenton en la ponencia titulada Los pueblos originarios y el después de la última dictadura militar en Argentina: silenciamientos, voces y justicia, que la historiadora Claudia MarÃa Iribarren presentó en el IX Seminario Internacional PolÃticas de la Memoria (2016).
Lenton advierte que “hay prejuicios que se repiten”, por ejemplo, “que los indÃgenas no perdieron nada durante la dictadura (…) como que la dictadura hubiera afectado a luchadores polÃticos de otra clase pero que a los indÃgenas no los tocó”. Al recorrer las comunidades, sigue la antropóloga, “cuentan lo que pasó” y aparecen otras dimensiones del pasado reciente. Para Lenton hay “silencios y ambigüedades que aún hoy persisten”.
La historia de la familia Inalef, en MallÃn Ahogado, cerca de El Bolsón (RÃo Negro), permite asomarse a esa zona poco explorada de la memoria argentina.
Diario RÃo Negro, abril de 1984. Fuente: archivo personal de Ayelén Mereb.
Un “desertor”
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Héctor (Clase 58) habÃa sido sorteado para hacer el servicio militar en 1976.
“A Héctor lo vinieron a buscar con un camión del Ejército desde Bariloche por no haberse presentado al momento concreto de la convocatoria. Motivo suficiente según los oficiales a cargo para arrastrarlo con lo puesto, apuntado con armas largas frente a sus hermanas y hermanos menores y sus padres, 'como un verdadero delincuente'”, narra la investigadora Ayelen Mereb en su libro ¿ParaÃso mágico y natural? Historia y memorias de la represión polÃtica en El Bolsón. 1974-2012 (2023).
Entre quienes presenciaron esa escena estaba su hermana Zunilda Inalef. TenÃa apenas dos años.
A pesar de ser tan pequeña, esa vivencia construyó una imagen que quedó grabada en su memoria.
Yo no puedo sacarme un pensamiento que tengo marcado: unos gendarmes que andaban, habÃa nieve; también del camión, donde se lo llevaron a mi hermano. Lo agarraron y se lo llevaron. Ese recuerdo me quedó. Pero él dice que es diferente, que no habÃa nieve.
Durante mucho tiempo, casi nadie volvió a hablar de lo ocurrido.
Mereb plantea en su libro el problema que aparece cuando se intenta reconstruir estas historias décadas después: “El recorrido detenido por cuatro décadas de historia polÃtica en clave microhistórica nos coloca frente a dilemas vinculados a la persistencia de las dificultades para nombrar e interpretar la violencia sufrida por parte del Estado, asà como los efectos traumáticos de su invisibilización posterior”.
La escuela como puerta a la memoria
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La búsqueda comenzó muchos años después, cuando Zunilda logró retomar algo que le habÃa sido negado en la infancia: la escuela. “En 2013 terminé la Primaria”, dice ahora.
Fue en ese proceso educativo donde empezó a reconstruir su propia historia, aprender sobre el perÃodo de la dictadura, establecer conexiones con su propia vivencia.
Una docente de la Escuela de Adultos, Iris, fue quien abrió esa conversación y la animó a ir más allá e intentar una búsqueda. Ese diálogo fue el comienzo de una investigación que terminarÃa conectando su historia familiar con el trabajo académico de Ayelén Mereb y el camino para encontrar a su hermano.
El reencuentro
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En marzo de 2014, casi 40 años después de que se lo llevaran de su casa, se produjo el encuentro entre las hermanas Inalef y su madre con Héctor.
Fue en la ciudad de Viedma, donde vive desde que se lo llevaron detenido.
Durante todos esos años habÃa construido su vida allÃ.
La emoción del reencuentro no borró el peso de la historia.
El padre de la familia falleció sin saber dónde estaba su hijo.
La historia también dejó marcas difÃciles de sanar entre los propios hermanos.
La dispersión, los desalojos, la pobreza y las heridas acumuladas fragmentaron los vÃnculos familiares.
Dos años detenido sin causa
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Al año siguiente del reencuentro con sus hermanas, Héctor se presentó espontáneamente con su hija al Archivo Provincial de la Memoria a brindar por primera vez su testimonio:
Yo estaba por hacer el servicio militar y justo dos dÃas antes de la fecha que me tenÃa que presentar, me sacan de mi casa y me traen y me dejan acá, directamente. TenÃa 18 años. VivÃa en MallÃn Ahogado. Cuando me sacaron de allá, me trajeron esposado como si fuera un delincuente.
Primero fue llevado a Bariloche.
Me sacan en un camión del Ejército y me llevan a Bariloche, y ahà me tuvieron como 3 o 4 meses, me parece. Me tuvieron encerrado en un calabozo.
Después fue trasladado a Viedma.
Nunca me llamaron a declarar. Me trajeron directamente y me dejaron acá en la ComisarÃa Primera. Nunca vi a un juez. Nadie se comunicó conmigo.
Durante ese tiempo fue obligado a realizar tareas de limpieza a cambio de comida. DebÃa limpiar pisos y baños, “asà te ganás la comida”, como lo amenazaba el oficial Lobos.
Héctor estuvo detenido casi dos años. Cuando finalmente lo liberaron, simplemente lo dejaron ir.
Y ahÃ… me liberaron y me dejaron. Porque asà como me trajeron me tendrÃan que haber llevado. No tenÃa plata para volver, nada.
Sin recursos para regresar al sur, se quedó en Viedma y empezó a trabajar en lo que encontraba.
Su familia, mientras tanto, no volvió a tener noticias suyas durante cuatro décadas.
Movilización en El Bolsón, RÃo Negro, 1987. Fuente: archivo personal de Ayelén Mereb.
Una ausencia que cambió todo
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La detención de Héctor tuvo consecuencias profundas en la vida de la familia.
“A partir de entonces, y sin uno de los pilares fundamentales en la economÃa doméstica, la familia sufrió un proceso de deterioro y desmembramiento producto de las carencias estructurales, el alcoholismo y la violencia doméstica”, describe Mereb en su libro.
En las palabras de Zunilda, esa historia aparece como una infancia atravesada por el trabajo y la precariedad.
Somos un montón de hermanos, pero todos diferentes, no es que nos criamos todos acá: uno se crió con el tÃo, otro con el vecino, y asà todos. Desparramados. Por eso hoy no tenemos vÃnculos, casi como vÃnculos de hermanos. Se nos perdió eso también.
La vida cotidiana estaba marcada por la falta de recursos.
TenÃamos que ir a vender botellas para poder comprar la harina. Trabajábamos todos, acarreando leña que vendÃamos en El Bolsón. No sé cómo sobrevivimos. Recuerdo que con mi hermano Manuel pescábamos.
La escuela quedó fuera de su vida durante años.
Porque no me mandaban a la escuela. Pero no hacÃan más nada, no es que nos exigÃan a nosotros que vayamos a estudiar. A mà me encantaba la escuela. Siempre se me dio por ir a la escuela. Pero bueno, no se pudo de chica.
Dictadura y territorio
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La historia de Zunilda y su familia también quedó atravesada por otro proceso que marcarÃa su vida durante décadas: los desalojos.
El primero ocurrió en 1982.
Yo tenÃa 8 años con el primer desalojo. Era el '82, todavÃa en dictadura.
El segundo llegó en 1997.
Nos avisaron un dÃa y no hicimos caso nosotros, y volvieron al otro dÃa: la PolicÃa… y nos rajaron.
No solamente los echaron.
En el segundo desalojo, apenas salimos nosotros, prendieron fuego la casa. Para que no quede nada.
Ese tipo de violencia, señala Mereb, rara vez aparece en los archivos oficiales. En comunidades rurales empobrecidas, la autoridad estatal –GendarmerÃa, PolicÃa, iglesia o escuela– no se cuestionaba.
La distancia geográfica, la falta de recursos y la naturalización de la prepotencia institucional hicieron que muchas injusticias nunca llegaran a convertirse en denuncias formales.
Las vÃctimas “doblemente desaparecidas”
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La historia de Héctor Inalef permite pensar una categorÃa inquietante: personas que desaparecieron de la vida de sus familias durante décadas, pero que tampoco figuran en los registros del terrorismo de Estado.
Según Mereb, se trata de vÃctimas “doblemente desaparecidas”.
Casos en los que no solo las familias desconocieron durante años el destino de sus seres queridos, sino que además los expedientes estatales tampoco registraron lo ocurrido.
Zunilda vivió con esa pregunta abierta durante casi 40 años.
De la detención violenta de Héctor no se volvió a hablar, pero a mà no se me fue nunca de la cabeza. Siempre me pregunté qué se hizo con mi hermano, por lo menos saber si está vivo o está muerto.
Tanta historia en los territorios
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En la Escuela de Adultos, la maestra Iris abrió una conversación que le permitió a Zunilda traer los recuerdos al presente.
Empezamos a tomar mate y ella me empezó a preguntar dónde nacà yo. Y me dijo: “¿qué pasó, Zuni?”.
La respuesta fue directa.
Nos desalojaron.
La docente insistió con otra pregunta: “Pero vos pertenecés a un pueblo originario. ¿Te considerás originaria?”.
Zunilda recuerda su respuesta con una mezcla de orgullo y sorpresa.
Yo le dije que sÃ, siempre.
“¿Y por qué no reclamaste?”, le preguntaba su maestra.
Yo me largué a reÃr. “No, Iris, cuando a nosotros nos desalojaron… ¿Cómo vamos a volver de vuelta ahÃ? Si nos sacaron, nos rajaron.
A partir de esa memoria que empezó a reconstruir junto a Iris y el contacto con otras comunidades y organizaciones indÃgenas como el Codeci (Consejo de Desarrollo de Comunidades IndÃgenas en la provincia de RÃo Negro), Zunilda conoció sus derechos y los de su familia. Pudo dar cuenta de lo injusto del despojo que sufrieron y encontrar las herramientas legales y el apoyo necesario para recuperar el territorio.
AsÃ, Zunilda fue reconstruyendo la situación legal de la tierra.
Estaba a nombre de un Inalef la tierra. Nunca nos dijeron de cuál. Pero el único Inalef que andaba en esa zona cuando pasaron a hacer la inspección acá, en el '76, era papá. Y nunca vendió. Si mi papá no sabÃa leer ni escribir. ¿Sabés qué hacÃan? Le hacÃan firmar un escrito con el pulgar, como que él estaba por dos años encargado. Y de ahà le hacÃan la documentación y lo hacÃan firmar con el dedo. Y asà estaba. Y yo, tema de tierra, ni sabÃa. TodavÃa tengo los papeles donde está el dedo ahà marcado de mi papá.
Con la ayuda del Codeci y las comunidades cercanas, Zunilda tomó fuerzas y retornó a la tierra donde nació ella y también sus tres hijas.
En el 2017 hicimos la posesión. Me vine con mis hijas y mi compañero Ricardo. Pasamos frÃo, mucho frÃo. Hambre no, porque de repente llegaba gente de El Bolsón que yo ni conocÃa, a acompañar: señoritas, de la radio Alas. Hicimos un puesto y hacÃamos la comida, pero no sé cuánto tiempo sin dormir estuvimos. DÃa y noche dándole al rato, porque habÃa venido la PolicÃa, porque también vino mucha gente asÃ, intimidante. Autos parados acá, en la noche, tres, cuatro de la mañana. Y asà estábamos. Reivindicamos el 14 de febrero de 2018. Empezamos, ya con 50 años, empezamos de nuevo. Es asà que en toda una vida nos sacaron un montón, nos sacaron los derechos, nos quitaron todo.
Somos una familia humilde. A pesar de tener territorio, somos humildes. ¿Qué van a hacer contra mÃ? No pueden hacer nada. ¿Qué me van a sacar? Ni siquiera tengo un sueldo por mes. Si alguien tiene que reclamar algo, le tiene que reclamar a Provincia. Estamos en todos los expedientes, los Inalef, de que estamos acá desde 1800. Cuando recuperamos nosotros, en 2018, ya estaba re loteado esto.
Hoy Zunilda vive allÃ, junto al arroyo que los vio crecer. Junto a su compañero, sus tres hijas y sus nietos, todos varones.
Dicen que cuando nacen muchos varones en la familia, es porque nos mataron muchos antes. Hay tanta historia en estos territorios…
Contar para que no se pierda
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Cuando Zunilda habla de todo lo ocurrido, vuelve una y otra vez sobre la misma idea.
La necesidad de contar.
Los abuelos mueren asÃ, se fallecen sin contar la historia.
En muchas familias, dice, los adultos evitaban hablar delante de los niños.
Porque a mà ellos siempre… como la gente de antes, ¿no? No dejaban que los niños escuchen lo que ellos hablaban.
Ese silencio terminó borrando partes enteras de la memoria familiar.
Se perdió todo.
Tal vez por eso insiste.
Por eso hay que contar tanto.
Porque en los territorios indÃgenas de la Patagonia, como en muchas otras regiones del paÃs, todavÃa hay historias que quedaron fuera de los archivos y del relato oficial.
Héctor no desapareció en un centro clandestino.
Desapareció en los márgenes del Estado.
El Campito tiene memoria
Una multitud acompañó a familiares y sobrevivientes del genocidio en el ingreso al Campito, uno de los centros de exterminio más aberrantes de la dictadura militar. Se busca preservar el lugar, que sea un espacio de memoria, y que se sigan investigando las causas por delitos de lesa humanidad ocurridos en Campo de Mayo, y que no se convierta en un negocio inmobiliario como pretende el Gobierno.
Cincuenta testimonios para contar la dictadura
La Retaguardia, medio de comunicación nacido en 2003, lanza “50 historias de juicios por la dictadura en Argentina”, un libro de dos tomos que recoge las vivencias sobre el horror contadas en los juicios contra genocidas y aliados. Aquà compartimos un adelanto.
El EAAF, orgullo nacional
De una oficina porteña a todo el mundo este es el trabajo que realiza el Equipo Argentino de AntropologÃa Forense. Sin embargo en la Argentina no podrá seguir con la búsqueda de desaparecidos porque el Estado incumplió en los pagos.
