Identidad Patagonia: Rubén, el lonko del viento eterno en su voz

15 de enero de 2026
Diego Pintos

Se apagó la voz de Rubén Patagonia, guardián de la memoria y la identidad de los pueblos originarios, pero su canto y su legado siguen vivos.

Hoy se apagó la voz de Rubén Patagonia, pero no su canto. No el canto hondo que nace de la tierra, de los vientos del sur, de la memoria que incomoda y abraza al mismo tiempo. Con su partida, no se va solo un músico: se despide un lonko de la palabra, un guardián de la identidad, un puente vivo entre los pueblos originarios y una sociedad que muchas veces eligió no escuchar.

Rubén Chauque —ese era su nombre— llevó como bandera un apellido que no fue casual ni marketing. Patagonia se volvió destino, responsabilidad y ofrenda colectiva. Él mismo lo dijo: fue una construcción popular, un reconocimiento que asumió con respeto y compromiso. Desde ese lugar, nunca cantó para decorar escenarios: cantó para incomodar el olvido, para sembrar memoria, para nombrar lo que el Estado negó durante siglos.

Nacido en Comodoro Rivadavia, hijo de la estepa y del viento, eligió desde muy joven poner su arte al servicio de una causa más grande que cualquier carrera individual. Su música jamás fue neutral. Cada canción llevó adentro la historia de los pueblos aonikenk, shelknam, mapuche; la dignidad de las abuelas y los abuelos; la defensa de la Madre Tierra; la denuncia del despojo; la pregunta incómoda sobre qué país somos y a quiénes dejamos afuera.

ASÍ ERA RUBÉN PATAGONIA RESPECTO A LA LUCHA DE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS

Rubén entendía la música como acto político, social y cultural. No desde la consigna vacía, sino desde la emoción profunda. Decía que una canción podía “hermanar, encender fuegos, emocionar”, y así vivió su obra: como semilla. Por eso su voz dialogó sin prejuicios con el folklore, el rock, la música ancestral. Por eso compartió caminos con León Gieco, Divididos, Almafuerte, Víctor Heredia y tantos otros, sin perder jamás su raíz ni su mensaje.

Su lucha no fue solo sonora. Fue cuerpo presente en cada conflicto, en cada causa donde se defendía un derecho, una lengua, un territorio. Denunció el país alambrado, la concentración obscena de la tierra, el modelo extractivista que arrasa culturas y naturaleza. Repetía que nadie defiende lo que no conoce, y por eso cantó para enseñar, para recordar que Argentina es —o debería ser— un país pluricultural.

Rubén Patagonia también fue cine, palabra, gesto. Caminó escenarios y comunidades con la misma coherencia. Nunca habló desde arriba. Nunca negoció su voz. Incluso cuando el reconocimiento llegó, eligió seguir del lado de los que luchan, de los que resisten, de los que todavía esperan justicia.

Hoy duele su partida. Duele porque su voz hacía falta. Pero queda su legado: discos, poemas, películas, canciones que seguirán encendiendo fuegos. Queda su ejemplo de consecuencia. Queda la certeza de que mientras haya alguien que cante su memoria, Rubén Patagonia no se irá.

Su garganta ya no canta, pero la tierra lo sigue nombrando. Y en cada lucha de los pueblos originarios, en cada canción que defienda la dignidad, su voz vuelve a nacer.