Juventudes peligrosas, juventudes en peligro

13 de abril de 2026
Silvina Ojeda

Pibes armados en la escuela, pibes desbordados y desoídos, entre el vacío emocional y la ausencia de una mirada que aloje el malestar. El desafío es recuperar la palabra como puente antes de que el silencio se vuelva insoportable en este tiempo de algoritmos, crisis escolar y discursos de poder violentos.

Las que ofrecen San Cristóbal, en Santa Fe, o Cipolletti, en Río Negro, no son postales lejanas ni escenas importadas de Estados Unidos. Es acá, ahora: un pibe que amenaza con matar a sus compañeros de escuela o que directamente ejecuta la amenaza. Y lo primero que aparece, casi como reflejo, son las preguntas rápidas, las que ordenan el miedo pero también lo simplifican: quién es, qué hizo, qué consumía, qué videojuego jugaba. Como si en esa búsqueda hubiera una explicación suficiente, como si alcanzara con señalar a un pibe para sentir que el problema está resuelto.

Pero incluso cuando no hay un arma, cuando lo que aparece es una amenaza, tampoco es algo que surge de la nada. Llega después de muchas otras cosas que nadie quiso o supo ver.

Lo que asusta no es solo lo que se dice, sino desde dónde se dice. Porque esa amenaza también es una forma de lenguaje. Una forma extrema, violenta, desesperada, pero lenguaje al fin. Algo que irrumpe cuando otras palabras no encontraron lugar.

Lo que aparece ahí, otra vez, es la soledad.

Hay pibes que pasan horas en sus casas sin que nadie les pregunte en serio cómo están. No como trámite, no como rutina, sino como acto de presencia. Pibes que hablan y no son escuchados, o peor, que ya dejaron de hablar porque entendieron que del otro lado no hay respuesta. No es solo falta de tiempo: es falta de mirada, de disponibilidad emocional, de un adulto que pueda alojar lo que aparece, incluso cuando incomoda.

La escuela entra en esa misma tensión. Muchas veces intenta, sostiene, inventa formas con lo poco que tiene. Docentes que hacen mucho más de lo que pueden, que detectan señales, que se acercan. Pero también hay escuelas desbordadas, sin equipos suficientes, sin redes de contención reales. Y otras veces –también pasa– hay instituciones que miran para el costado, que eligen no ver para no tener que intervenir, como si el silencio pudiera evitar el conflicto.

Y, sin embargo, la escuela sigue siendo uno de los pocos lugares donde algo distinto puede pasar.

Porque en el aula todavía hay palabra. Y la palabra, cuando aparece de verdad, no es un contenido: es un puente. Es lo que puede nombrar lo que a veces ni siquiera el propio pibe entiende. Es lo que puede abrir una pregunta, habilitar una incomodidad, correr a alguien de un lugar fijo. Un alumno no es un número, no es una matrícula que entra y sale: es una historia en construcción, es un deseo en estado bruto, es una posibilidad que todavía no encuentra forma.

Pero para que eso exista, tiene que haber alguien del otro lado que lo escuche como tal.

Ahí es donde la responsabilidad adulta se vuelve inevitable.

Porque mientras eso no pasa –o pasa a medias– hay otra escena que sí funciona todo el tiempo: la de las pantallas. Los algoritmos que leen, que interpretan, que devuelven contenido cada vez más preciso, cada vez más intenso. Para muchos pibes, ahí hay algo parecido a la validación. Algo que responde rápido, que no exige, que no interpela, pero que da una forma de pertenencia. Incluso cuando esa pertenencia está atravesada por la violencia, la bronca o el resentimiento.

Y en ese punto aparece otra pregunta incómoda, que también nos incluye: ¿cómo estamos contando todo esto?

Porque cada vez que los medios ponemos en primer plano al agresor, cada vez que repetimos su nombre, su historia, sus imágenes, también estamos construyendo un personaje. Y en una época donde ser visto es casi una forma de existir, eso no es menor. Hay pibes que no encuentran reconocimiento en su casa ni en la escuela, pero sí entienden –porque lo ven– que hay formas extremas de volverse visibles.

No es una relación directa ni automática. Pero tampoco es inocente.

En Santa Fe pasó, y cada vez que pasa, el mecanismo se repite: el foco se posa sobre quien irrumpe, rompe, amenaza o dispara. Se reconstruye su historia, se buscan sus motivos, se lo vuelve centro. Mientras tanto, lo demás queda en segundo plano.

Hay un documental en Netflix, Habitaciones vacías, que propone correrse de ahí. Dejar de narrar al que ejerce la violencia para empezar a mirar lo que queda, los espacios que se vacían, las vidas interrumpidas. Cambiar el foco no es un detalle: es una decisión ética sobre qué historias merecen ser amplificadas.

Tal vez ahí haya algo para revisar también en nuestro modo de narrar.

Y en ese entramado también hay algo que no se puede dejar afuera: los discursos que circulan desde arriba. Cuando desde lugares de poder se habla de violencia con liviandad, cuando la idea de “matar” aparece como metáfora política o como recurso discursivo cuando se instala la lógica del enemigo al que hay que destruir, eso no queda en el aire. Javier Milei repite una y otra vez que hay que matar a quienes cree sus enemigos en cámaras de television, stream o redes.

Baja. Se filtra. Se vuelve parte de lo decible.

No es lineal, no es automático, pero construye clima.

En un contexto donde además se legitima la libre portación de armas como solución, donde la violencia se presenta como respuesta posible, lo que se produce es un corrimiento peligroso: lo que antes era impensable, empieza a volverse imaginable. Y cuando algo se vuelve imaginable, está un paso más cerca de ser dicho. O hecho.

Los pibes no viven en una burbuja. Escuchan, miran, absorben. Y si el mundo adulto habilita ciertos discursos, si naturaliza ciertas formas de nombrar la violencia, también está marcando un límite –o la ausencia de ese límite– sobre lo que puede pasar.

Porque tampoco alcanza solo con el diálogo. Hay familias que hablan, que intentan, que están, y aun así no alcanza. Entonces la pregunta se vuelve más profunda y más incómoda: ¿qué estamos haciendo con la salud mental de los pibes? ¿Dónde se procesa lo que no entra en ninguna conversación? ¿Qué espacios existen para lo que duele antes de que se vuelva insoportable?

Cuando no hay respuesta ahí, cuando no hay escucha real ni acompañamiento, la soledad deja de ser un estado y se vuelve un lugar.

Y desde ese lugar, a veces, aparecen estos gestos extremos. Los que rompen todo. Los que obligan a mirar.

Pero para cuando eso pasa, ya es tarde.

Por eso tal vez la pregunta no debería ser solo qué le pasó a ese pibe, sino qué está pasando con todos. Qué estamos haciendo como adultos, como docentes, como periodistas, como sociedad, cuando la soledad se vuelve una experiencia tan extendida. Qué lugar le damos a la palabra, al deseo, a la posibilidad de que alguien sea algo más que lo que hoy le toca ser.

Una amenaza no empieza en una frase. Empieza mucho antes: en el silencio, en la falta de escucha, en las veces que alguien no fue visto. Y también en cómo decidimos contar esas historias.

Porque si seguimos mirando solo cuando todo estalla, vamos a seguir llegando tarde. Y en ese llegar tarde, lo que se pierde no es solo el control de una situación, sino algo mucho más profundo: la oportunidad de que ese pibe haya sido otra cosa.