La historia de Indio: el arte de tejer y resistir con una sola mano

01 de junio de 2026
Estefanía Santoro

El artesano diaguita reprimido hace algunas semanas en el centro porteño cuenta su vida, marcada por la exclusión y los códigos de la calle. Cómo aprendió macramé adaptado a su muñón, el recuerdo de la crisis de 2001 y la tenacidad y templanza que necesita para transformar el espacio público en un espacio de trabajo.

Indio es artesano desde hace 30 años y le gusta que lo llamen así: Indio. Enciende su pipa con tabaco mientras acomoda sus artesanías en una mesita que él mismo confeccionó. Algunas personas que pasan lo saludan, lo conocen desde hace años, le desean buen día. Empezó vendiendo en La Solidaria, una empresa española que les daba empleo a personas con discapacidad. Después salió de ahí y se dispuso a vender las clásicas pastillas Mentitas sobre la Avenida de Mayo. En otros momentos, ofreció cuadros en el subte.

No conseguía laburo –cuenta Indio–. Me sentía marginado en aquel momento y me protegía mucho con la discapacidad. Fue una cuestión de miedo a la sociedad. La sociedad, hoy en día, no está preparada como para entender y comprender que hay personas que tenemos capacidades diferentes. Si te ponen el cartel de discapacitado, ya te encapsulan ahí, y eso hace que las personas compren ese título”. 

 


 

El tiempo pasó. Se casó, tuvo hijos y la necesidad de buscar el mango lo llevó a la calle nuevamente. Aunque a través de la Fundación PAR consiguió algunos trabajos formales de limpieza, la precariedad laboral siempre acechaba. En 2001, cuando la crisis terminal azotaba al país, tenía un empleo informal donde el sueldo era tan bajo que decidió dejarlo y volver a la intemperie de la calle.

En la fundación había conocido a muchas personas con habilidades diversas. Recuerda a Roberto, que le faltaban las piernas y hacía mates. Un día, en la esquina de Florida y Corrientes, frente a la librería El Ateneo, Roberto lo vio vendiendo Mentitas y le propuso que ofreciera sus mates. Al principio no funcionó: el mate era lo que más se vendía, pero también lo que tenía mayor competencia.

“Yo fui el primer artesano en aquella cuadra”, recuerda Indio. “El turista es el que más regatea. Para el turista, nosotros somos caros. Yo tengo acá dijes por 8 mil o 10 mil pesos. Un kilo de carne vale 20 mil mangos. Está todo muy loco”.


El laberinto de la calle y el código de los hilos

Buscando nuevos rumbos, Indio cambió de lugar y se fue a vender frente al Obelisco. Allí conoció a otro vendedor que hacía pulseras de macramé. “Las vendía a un peso en aquel momento. Y vendía una fortuna: hacía 100 pesos en pulseras. Como veía que yo no vendía me daba algo de comer o me compraba una gaseosa. Creo que ese muchacho fue una bendición para mí en la calle”, recuerda.

El artesano quiso enseñarle el oficio, pero con una sola mano a Indio se le complicaba. “Traé a tu esposa o a tu hija, yo les enseño”, le propuso el compañero, con la única condición de que luego vendieran lejos de su parada, respetando uno de los códigos tácitos más sagrados de la calle.

Moni, la madre de sus hijos, trabajaba limpiando una casa, así que Indio llevó a su hija Samanta, que entonces tenía ocho años. La situación económica era crítica y no había otra opción: después del colegio, la niña aprendía a anudar los hilos. “Le enseñó a mi hija el macramé. Y gracias a ella, que hizo 70 pulseras, pude irme a la costa. En dos días las vendí todas. Yo en ese momento solo hacía enhebrados de piedras, pero cuando volví ya tenía un poquito más de mercadería”.

El verdadero salto en su oficio ocurrió en una temporada en la costa bonaerense, cuando otro artesano llamado Jorge armó su gazebo al lado del suyo. Indio lo miraba tejer, fascinado por la destreza de sus manos, y le pidió que le enseñara. Pero los nudos del macramé requieren precisión y la velocidad de Jorge lo abrumaba y lo estresaba: los puntos no salían y el hilo se le escapaba de los dedos.

Una noche, buscando despejar la mente, Indio salió a caminar por la playa y divisó a lo lejos a un hombre que parecía un duende con gorro, tejiendo en la total oscuridad, rápido y sin luz. Aquel personaje, que venía de afuera, lo recibió con amor y paciencia: “Pará, despacito. Quiero aprender este movimiento para acá y este para allá”, le pedía Indio. Sin embargo, al ver su discapacidad, el hombre se frustró: “Si con una sola mano no podés hacer nada, me hacés perder el tiempo”, le dijo, y se marchó.

Lejos de rendirse, Indio persistió. Al día siguiente, Jorge lo invitó a una reunión de artesanos. Allí conoció a Anita, una tejedora que lo recibió con la templanza que otros no habían tenido. “Me puse en la cabeza que tenía que hacer macramé, porque no podía depender siempre de mi hija”, explica. Anita comprendió su cuerpo y adaptó la técnica para él: “El macramé es pura matemática”, le dijo, y le enseñó a cortar el hilo más largo, a enrollarlo en su muñón y a buscar desde allí el equilibrio, la tensión y los números de los nudos. “Un año y medio me llevó terminar el primer collar que Jorge me había querido enseñar. Con errores, con bronca y tensiones, lo hice. No habrá quedado perfecto, pero lo logré. Le fui tomando el pulso al macramé y el hecho de que hoy esté acá en la calle es gracias a eso”.

Enfrentar la represión policial

Al regresar de la costa, despojado de un lugar fijo, Indio volvió a los escenarios de su juventud en el centro porteño. Se instaló en la calle Perú, casi Avenida de Mayo. Al principio, la convivencia con los artesanos históricos de la cuadra fue hostil. Ellos trabajaban el cuero y técnicas complejas; para su lógica, las pulseritas de Indio no eran artesanía. Una tarde, una tejedora lo increpó diciéndole que lo iban a echar. “Yo tengo el derecho igual que vos a estar acá. Si no te gusta, sacame vos”, se plantó Indio.

Luego llegó la policía. El oficial de la cuadra, a quien Indio apodaba "Matute" por el dibujo animado de Don Gato, intentó desalojarlo argumentando que los demás artesanos contaban con recursos de amparo otorgados por la fiscalía tras largos e insoportables trámites burocráticos. “Vos me vas a dejar laburar acá porque tengo el derecho de estar. Si ellos pueden, ¿por qué yo no?”, recuerda haberle dicho, enfrentando esa lógica institucional que desgasta los cuerpos. “No soporto la burocracia ni el manipuleo político que te destruye. Yo ya venía bastante cansado de tener que hacer filas, mostrar mi discapacidad y aferrarme a ella para poder laburar. Como nunca me consideré un discapacitado, siempre tuve que pelear por mi derecho como ser humano. Ahí está el error de este sistema: empujar a la gente a mendigar en lugar de garantizar la dignidad del trabajo”.

De corajudo se quedó. Resistió las presiones y, con el tiempo, la cuadra se fue transformando. Llegaron artesanos viajeros, se armó una feria espontánea y, con ella, también las dinámicas complejas, el consumo y las rispideces de la calle de las que Indio prefirió tomar distancia, manteniéndose en su eje, concentrado en su paño.

 

La templanza y la resistencia del metro cuadrado

Fumando su pipa con tabaco especial -el único que usa para meditar y concentrar las palabras-, Indio se define como un libro abierto. En sus venas corre sangre diaguita; nació en Buenos Aires pero se crió en Tucumán. “Mi rol es ser chasqui, soy un caminante. Y lo hago cuando el gran espíritu habla”, dice con mística.

Hace poco, un video de Indio se viralizó en las redes sociales cuando personal de Espacios Públicos intentó desalojarlo. En ese momento el hecho despertó una ola de indignación y defensa colectiva. A Indio lo intentaron sacar de su puesto y gracias al apoyo de personas que se acercaron a defenderlo, ese día pudo quedarse. “La calle te enseña, te educa. Encontrás gente soberbia que te patea, y gente que te ama y te dice '¡fuerza, seguí adelante!'. Muchos se asombran de que teja con una sola mano. Dicen que ojalá la gente tuviera mi capacidad, que hay muchos 'discapacitados de la mente'. Pero mi intención no es juzgar. Yo no compro el título de discapacitado; mucha gente se aferró a esa etiqueta y no al ser humano, a la dignidad que necesitás para tener el derecho a trabajar. Más allá de mi estado físico, me siento útil y soy un ejemplo de vida, con mis locuras y mis errores”.

Indio habita el espacio público desde la quietud del observador. Sabe esquivar los disturbios y leer los movimientos de la peatonal sin mirar atrás. Su cuerpo ha resistido los inviernos y las distintas oleadas de represión del gobierno porteño, incluyendo las épocas más duras del macrismo en la Ciudad. En más de una ocasión, el poder económico intentó comprar su ausencia: “En el London City me llegaron a ofrecer una valija llena de plata para que me fuera de acá, para limpiar la cuadra. Pero la dignidad es lo mejor que puedo tener. ¿Para qué quiero esa plata? Yo no la necesito; me alcanza para vivir, comprar mis cosas y coquear”.

Al profundizar en los conflictos diarios, Indio prefiere matizar el término "persecución", invitando a comprender primero cómo se llega a la calle y bajo qué condiciones. Desde su óptica, el verdadero motor de esa presión constante es el propio entramado socioeconómico: la obligación ineludible de salir a trabajar día a día para garantizar el sustento más básico. "Ya el mismo sistema es una persecución, porque tenés que salir a la calle a laburar. Si no laburás, no comés", reflexiona, señalando que, a diferencia de épocas anteriores donde el dinero fluía con más creces, hoy la urgencia económica vuelve la situación mucho más asfixiante.

Para el artesano, existe una línea clara entre el desgaste del control cotidiano y el choque directo en la calle. "Represión es diferente a persecución", aclara, remitiendo a experiencias previas de desalojos violentos que ya ha tenido que atravesar y que configuran su mirada sobre el presente.

Hacia el final de la charla, mientras el movimiento de la calle continúa y los transeúntes se acercan a consultar el precio de un Ónix Cielo Terra, Indio reflexiona sobre el impacto de la visibilización de su caso. A pesar de las discrepancias sobre cómo se usó su imagen, rescata el valor positivo del video para conmover a aquellos sectores de la sociedad que aún conservan empatía frente a un contexto de exclusión que ve generalizado en el país, afectando desde los habitantes de los barrios populares hasta quienes duermen en las calles.

También recuerda los minerales que le regaló a Norita Cortiñas cuando pasaba por Avenida de Mayo: “El que más le gustaba era el amatista, verla pasar ya era como parte de la familia, siempre venía a saludarme. Lo más lindo era su sonrisa y su humildad, una mujer muy noble y muy amada.”

Para él, la permanencia diaria en su metro cuadrado de vereda requiere un esfuerzo que va más allá de lo físico; exige una disciplina mental rigurosa frente a la incertidumbre y la provocación: "Hoy tengo que mantener este temple, esta quietud mental. No quiero volver a actuar como en el 2001. Me conozco, no soy un santo. Yo no tengo miedo de prenderme fuego, si me quieren sacar de acá".

Con esa quietud tensa, ordena los minerales más grandes en la mesa, resistiendo el peso de las normativas urbanas con la única certeza de que mañana tendrá que volver a salir a la calle para asegurar el plato de comida.