Las memorias que no entraron en los archivos

24 de marzo de 2026
Gioia Claro

En la Patagonia, la historia de Héctor Inalef y su familia expone otras formas de violencia durante la dictadura: detenciones sin registro, desalojos y vivencias que quedaron fuera del relato oficial.

Un camión del Ejército llegó al campo. Héctor Inalef tenía 18 años. Era el mayor de varios hermanos y trabajaba junto a su padre acarreando leña y cuidando a los animales. Se lo llevaron acusado de “desertor” por no haberse presentado al servicio militar obligatorio. Era 1976. Su familia lo reencontró con vida casi cuatro décadas después.

A cincuenta años del inicio de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica en Argentina, la memoria colectiva sigue ampliándose. Sin embargo, hay historias que todavía permanecen en penumbra. 

Sobre el terrorismo de Estado desplegado en los 70 existen miles de investigaciones, archivos, testimonios judiciales y reconstrucciones históricas. Un llamativo vacío aparece, en cambio, cuando se observa el lugar que ocupan los pueblos indígenas en ese mapa de memorias.

¿Qué ocurrió con los integrantes de comunidades originarias durante esos años? ¿Qué pasó en los territorios rurales, lejos de las grandes ciudades donde se concentraron la mayoría de los registros del terrorismo de Estado?

“Existe una idea folclórica que fue sostenida por cierta antropología tradicional de que el indígena no tiene preocupaciones políticas, que la política es una cosa de personas modernas, civilizadas, urbanas”, reflexiona la antropóloga Diana Lenton en la ponencia titulada Los pueblos originarios y el después de la última dictadura militar en Argentina: silenciamientos, voces y justicia, que la historiadora Claudia María Iribarren presentó en el IX Seminario Internacional Políticas de la Memoria (2016).

Lenton advierte que “hay prejuicios que se repiten”, por ejemplo, “que los indígenas no perdieron nada durante la dictadura (…) como que la dictadura hubiera afectado a luchadores políticos de otra clase pero que a los indígenas no los tocó”. Al recorrer las comunidades, sigue la antropóloga, “cuentan lo que pasó” y aparecen otras dimensiones del pasado reciente. Para Lenton hay “silencios y ambigüedades que aún hoy persisten”.
La historia de la familia Inalef, en Mallín Ahogado, cerca de El Bolsón (Río Negro), permite asomarse a esa zona poco explorada de la memoria argentina.

Diario Río Negro, abril de 1984. Fuente: archivo personal de Ayelén Mereb.

 

Un “desertor”
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Héctor (Clase 58) había sido sorteado para hacer el servicio militar en 1976.

“A Héctor lo vinieron a buscar con un camión del Ejército desde Bariloche por no haberse presentado al momento concreto de la convocatoria. Motivo suficiente según los oficiales a cargo para arrastrarlo con lo puesto, apuntado con armas largas frente a sus hermanas y hermanos menores y sus padres, 'como un verdadero delincuente'”, narra la investigadora Ayelen Mereb en su libro ¿Paraíso mágico y natural? Historia y memorias de la represión política en El Bolsón. 1974-2012 (2023).

Entre quienes presenciaron esa escena estaba su hermana Zunilda Inalef. Tenía apenas dos años.

A pesar de ser tan pequeña, esa vivencia construyó una imagen que quedó grabada en su memoria.

Yo no puedo sacarme un pensamiento que tengo marcado: unos gendarmes que andaban, había nieve; también del camión, donde se lo llevaron a mi hermano. Lo agarraron y se lo llevaron. Ese recuerdo me quedó. Pero él dice que es diferente, que no había nieve.
Durante mucho tiempo, casi nadie volvió a hablar de lo ocurrido.

Mereb plantea en su libro el problema que aparece cuando se intenta reconstruir estas historias décadas después: “El recorrido detenido por cuatro décadas de historia política en clave microhistórica nos coloca frente a dilemas vinculados a la persistencia de las dificultades para nombrar e interpretar la violencia sufrida por parte del Estado, así como los efectos traumáticos de su invisibilización posterior”.

 

La escuela como puerta a la memoria
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La búsqueda comenzó muchos años después, cuando Zunilda logró retomar algo que le había sido negado en la infancia: la escuela. “En 2013 terminé la Primaria”, dice ahora.

Fue en ese proceso educativo donde empezó a reconstruir su propia historia, aprender sobre el período de la dictadura, establecer conexiones con su propia vivencia. 

Una docente de la Escuela de Adultos, Iris, fue quien abrió esa conversación y la animó a ir más allá e intentar una búsqueda. Ese diálogo fue el comienzo de una investigación que terminaría conectando su historia familiar con el trabajo académico de Ayelén Mereb y el camino para encontrar a su hermano.

 

El reencuentro
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En marzo de 2014, casi 40 años después de que se lo llevaran de su casa, se produjo el encuentro entre las hermanas Inalef y su madre con Héctor. 

Fue en la ciudad de Viedma, donde vive desde que se lo llevaron detenido. 

Durante todos esos años había construido su vida allí.

La emoción del reencuentro no borró el peso de la historia.

El padre de la familia falleció sin saber dónde estaba su hijo.

La historia también dejó marcas difíciles de sanar entre los propios hermanos.

La dispersión, los desalojos, la pobreza y las heridas acumuladas fragmentaron los vínculos familiares.

 

Dos años detenido sin causa
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Al año siguiente del reencuentro con sus hermanas, Héctor se presentó espontáneamente con su hija al Archivo Provincial de la Memoria a brindar por primera vez su testimonio:

Yo estaba por hacer el servicio militar y justo dos días antes de la fecha que me tenía que presentar, me sacan de mi casa y me traen y me dejan acá, directamente. Tenía 18 años. Vivía en Mallín Ahogado. Cuando me sacaron de allá, me trajeron esposado como si fuera un delincuente.

Primero fue llevado a Bariloche.

Me sacan en un camión del Ejército y me llevan a Bariloche, y ahí me tuvieron como 3 o 4 meses, me parece. Me tuvieron encerrado en un calabozo.

Después fue trasladado a Viedma.

Nunca me llamaron a declarar. Me trajeron directamente y me dejaron acá en la Comisaría Primera. Nunca vi a un juez. Nadie se comunicó conmigo.

Durante ese tiempo fue obligado a realizar tareas de limpieza a cambio de comida. Debía limpiar pisos y baños, “así te ganás la comida”, como lo amenazaba el oficial Lobos.

Héctor estuvo detenido casi dos años. Cuando finalmente lo liberaron, simplemente lo dejaron ir.

Y ahí… me liberaron y me dejaron. Porque así como me trajeron me tendrían que haber llevado. No tenía plata para volver, nada.

Sin recursos para regresar al sur, se quedó en Viedma y empezó a trabajar en lo que encontraba.

Su familia, mientras tanto, no volvió a tener noticias suyas durante cuatro décadas.

 

Una ausencia que cambió todo
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La detención de Héctor tuvo consecuencias profundas en la vida de la familia.

“A partir de entonces, y sin uno de los pilares fundamentales en la economía doméstica, la familia sufrió un proceso de deterioro y desmembramiento producto de las carencias estructurales, el alcoholismo y la violencia doméstica”, describe Mereb en su libro.

En las palabras de Zunilda, esa historia aparece como una infancia atravesada por el trabajo y la precariedad.

Somos un montón de hermanos, pero todos diferentes, no es que nos criamos todos acá: uno se crió con el tío, otro con el vecino, y así todos. Desparramados. Por eso hoy no tenemos vínculos, casi como vínculos de hermanos. Se nos perdió eso también.

La vida cotidiana estaba marcada por la falta de recursos.

Teníamos que ir a vender botellas para poder comprar la harina. Trabajábamos todos, acarreando leña que vendíamos en El Bolsón. No sé cómo sobrevivimos. Recuerdo que con mi hermano Manuel pescábamos.

La escuela quedó fuera de su vida durante años. 

Porque no me mandaban a la escuela. Pero no hacían más nada, no es que nos exigían a nosotros que vayamos a estudiar. A mí me encantaba la escuela. Siempre se me dio por ir a la escuela. Pero bueno, no se pudo de chica.

 

Dictadura y territorio
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La historia de Zunilda y su familia también quedó atravesada por otro proceso que marcaría su vida durante décadas: los desalojos.

El primero ocurrió en 1982.

Yo tenía 8 años con el primer desalojo. Era el '82, todavía en dictadura.

El segundo llegó en 1997.

Nos avisaron un día y no hicimos caso nosotros, y volvieron al otro día: la Policía… y nos rajaron.

No solamente los echaron.

En el segundo desalojo, apenas salimos nosotros, prendieron fuego la casa. Para que no quede nada.

Ese tipo de violencia, señala Mereb, rara vez aparece en los archivos oficiales. En comunidades rurales empobrecidas, la autoridad estatal –Gendarmería, Policía, iglesia o escuela– no se cuestionaba. 

La distancia geográfica, la falta de recursos y la naturalización de la prepotencia institucional hicieron que muchas injusticias nunca llegaran a convertirse en denuncias formales.

 

Las víctimas “doblemente desaparecidas”
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La historia de Héctor Inalef permite pensar una categoría inquietante: personas que desaparecieron de la vida de sus familias durante décadas, pero que tampoco figuran en los registros del terrorismo de Estado.

Según Mereb, se trata de víctimas “doblemente desaparecidas”. 

Casos en los que no solo las familias desconocieron durante años el destino de sus seres queridos, sino que además los expedientes estatales tampoco registraron lo ocurrido.
Zunilda vivió con esa pregunta abierta durante casi 40 años.

De la detención violenta de Héctor no se volvió a hablar, pero a mí no se me fue nunca de la cabeza. Siempre me pregunté qué se hizo con mi hermano, por lo menos saber si está vivo o está muerto.

 

Tanta historia en los territorios
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En la Escuela de Adultos, la maestra Iris abrió una conversación que le permitió a Zunilda traer los recuerdos al presente.

Empezamos a tomar mate y ella me empezó a preguntar dónde nací yo. Y me dijo: “¿qué pasó, Zuni?”.

La respuesta fue directa.

Nos desalojaron.

La docente insistió con otra pregunta: “Pero vos pertenecés a un pueblo originario. ¿Te considerás originaria?”.

Zunilda recuerda su respuesta con una mezcla de orgullo y sorpresa.

Yo le dije que sí, siempre.

“¿Y por qué no reclamaste?”, le preguntaba su maestra. 

Yo me largué a reír. “No, Iris, cuando a nosotros nos desalojaron… ¿Cómo vamos a volver de vuelta ahí? Si nos sacaron, nos rajaron.

A partir de esa memoria que empezó a reconstruir junto a Iris y el contacto con otras comunidades y organizaciones indígenas como el Codeci (Consejo de Desarrollo de Comunidades Indígenas en la provincia de Río Negro), Zunilda conoció sus derechos y los de su familia. Pudo dar cuenta de lo injusto del despojo que sufrieron y encontrar las herramientas legales y el apoyo necesario para recuperar el territorio.

Así, Zunilda fue reconstruyendo la situación legal de la tierra. 

Estaba a nombre de un Inalef la tierra. Nunca nos dijeron de cuál. Pero el único Inalef que andaba en esa zona cuando pasaron a hacer la inspección acá, en el '76, era papá. Y nunca vendió. Si mi papá no sabía leer ni escribir. ¿Sabés qué hacían? Le hacían firmar un escrito con el pulgar, como que él estaba por dos años encargado. Y de ahí le hacían la documentación y lo hacían firmar con el dedo. Y así estaba. Y yo, tema de tierra, ni sabía. Todavía tengo los papeles donde está el dedo ahí marcado de mi papá.

Con la ayuda del Codeci y las comunidades cercanas, Zunilda tomó fuerzas y retornó a la tierra donde nació ella y también sus tres hijas. 

En el 2017 hicimos la posesión. Me vine con mis hijas y mi compañero Ricardo. Pasamos frío, mucho frío. Hambre no, porque de repente llegaba gente de El Bolsón que yo ni conocía, a acompañar: señoritas, de la radio Alas. Hicimos un puesto y hacíamos la comida, pero no sé cuánto tiempo sin dormir estuvimos. Día y noche dándole al rato, porque había venido la Policía, porque también vino mucha gente así, intimidante. Autos parados acá, en la noche, tres, cuatro de la mañana. Y así estábamos. Reivindicamos el 14 de febrero de 2018. Empezamos, ya con 50 años, empezamos de nuevo. Es así que en toda una vida nos sacaron un montón, nos sacaron los derechos, nos quitaron todo. 

Somos una familia humilde. A pesar de tener territorio, somos humildes. ¿Qué van a hacer contra mí? No pueden hacer nada. ¿Qué me van a sacar? Ni siquiera tengo un sueldo por mes. Si alguien tiene que reclamar algo, le tiene que reclamar a Provincia. Estamos en todos los expedientes, los Inalef, de que estamos acá desde 1800. Cuando recuperamos nosotros, en 2018, ya estaba re loteado esto.

Hoy Zunilda vive allí, junto al arroyo que los vio crecer. Junto a su compañero, sus tres hijas y sus nietos, todos varones. 

Dicen que cuando nacen muchos varones en la familia, es porque nos mataron muchos antes. Hay tanta historia en estos territorios…

 
Contar para que no se pierda
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Cuando Zunilda habla de todo lo ocurrido, vuelve una y otra vez sobre la misma idea. 

La necesidad de contar.

Los abuelos mueren así, se fallecen sin contar la historia.

En muchas familias, dice, los adultos evitaban hablar delante de los niños.

Porque a mí ellos siempre… como la gente de antes, ¿no? No dejaban que los niños escuchen lo que ellos hablaban.

Ese silencio terminó borrando partes enteras de la memoria familiar.

Se perdió todo.

Tal vez por eso insiste.

Por eso hay que contar tanto.

Porque en los territorios indígenas de la Patagonia, como en muchas otras regiones del país, todavía hay historias que quedaron fuera de los archivos y del relato oficial. 

Héctor no desapareció en un centro clandestino. 

Desapareció en los márgenes del Estado.